En fin, quise terminar "Las Ocultas" con un capítulo sobre mis recuerdos infantiles agradables, y no pudo ser por exigencias editoriales de brevedad. Hoy me desquito y digo aquí lo que en su día quise decir, porque todo lo que quiere ser dicho insiste y termina por salir a la luz, de un modo u otro, en un tiempo o en otro.
Y podría contar muchas anécdotas felices de mi infancia, pero me limitaré a contar algo que las incluye a todas de manera implícita. Se trata de mi llanto de niña por el paso del tiempo. Fue algo que me sucedió tres veces, en mi infancia, y de las 3 veces me acuerdo con perfección, porque se me quedaron grabadas como a fuego en mi mente. La primera sucedió una noche de fin de año, cuando yo tendría unos 5 ó 6 años. Habíamos estado celebrándola en familia, con una cena especial, villancicos y esa clase de cosas, y yo me había sentido muy feliz. La Navidad, de hecho, me parecía realmente mágica, y suscitaba en mí sentimientos muy intensos y profundos, que a veces me llevaban a emocionarme sin que supiera bien por qué. Pero aquella noche mi emoción rebasó lo habitual y, al acostarme, no pude evitar ponerme a llorar. Mi madre lo notó y se acercó a mi cama para preguntarme qué me pasaba. Yo le dije, entre hipos y sollozos, que lloraba "porque pasaba el tiempo". Mi madre se quedó un tanto desconcertada, ya que no sólo no esperaba una respuesta así, sino que ¿cómo podía consolarme, si era evidente que el tiempo pasaba, y precisamente acabábamos de celebrar un fin de año? No recuerdo ni qué mé dijo, pero sí recuerdo mi dificultad para expresar lo que realmente sentía por dentro, y la causa de mi llanto.
Tengo grabado el eco de mis sensaciones, y de mi miedo a verbalizarlas sin parecer demasiado dramática o pesimista, cosa que mi madre no apreciaba, porque siempre defendía el optimismo. Y es que, lo que me sucedía, era que me daba pena que pasara el tiempo...porque "sabía", de algún modo, que momentos felices como aquel quedarían atrás para siempre y NUNCA volverían a repetirse. Mi vida cambiaría, las cosas se pondrían difíciles, oscuras...En todo caso, serían diferentes, y nunca, nunca más, volvería a disfrutar de momentos de armonía familiar como aquel. Yo sentía eso, pero claro, si lo hubiera dicho, mi madre me habría contestado que no tenía que ser tan pesimista, que siempre seríamos felices, etc. También hubiera podido interpretarlo como una crisis de crecimiento. Es lo lógico: llega un momento en que te das cuenta de que crecer implica cambiar, que tus pensamientos y emociones también cambian, y que todo se vuelve más complejo, y entonces es natural temer la pérdida de momentos de dicha "infantil", entendida como fruto de la inocencia y la ingenuidad de quien, todavía, desconoce las sombras y realidades dolorosas del mundo. Hoy, sin embargo, miro atrás, y siento ternura por la niña que fui. Realmente tenía razón en muchos sentidos: aquella inocencia se perdió, y con el tiempo, poco a poco, la relación con mis padres, que en aquel día me parecía inmaculada e intachable, se convirtió en algunos momentos en algo infernal. Hoy existe entre nosotros una relativa calma y aceptación mutua, pero lo que siento dista mucho de aquel sentimiento beatífico infantil. Las cosas nunca serán como fueron, es cierto, pues la inocencia me permitía disfrutar de la parte agradable de mi vida sin ser consciente de la desagradable. No pretendo recuperar aquella ignorancia, porque creo que el conocimiento es útil para sobrevivir, pero sí tengo que señalar que, el hecho de que yo llorara por el paso del tiempo, es una prueba de que existieron muchos momentos agradables en mi infancia. Tantos como para hacerme llorar. Lo desagradable estaba ahí, de acuerdo, pero no impedía la existencia de lo otro, de lo feliz.
Lloré en otra ocasión por el paso del tiempo, y fue la tarde de mi séptimo cumpleaños. Había invitado a algunas amigas a mi casa para celebrarlo, y cuando éstas se fueron, me entró una congoja insoportable y empecé a llorar. De nuevo mi madre fue a preguntarme qué me pasaba, pero esta vez ya no supe qué responderle. Concluyó que me había emocionado por el cumpleaños, y la cosa quedó así. Lo cierto era que yo sentía algo similar a lo experimentado aquella noche de fin de año: no volvería a vivir nunca más una experiencia como aquella. Un dia dejaría de ver a mis amigas, dejaría de ser tan feliz, y todo se complicaría...Mis presentimientos se cumplieron no solo por la vía natural (las lógicas crisis de crecimiento), sino también por una alteración inesperada: aquel verano nos trasladamos de ciudad y perdí para siempre a aquellas amigas. Aunque fui a parar a otro lugar donde tuve mucha suerte, y encontré amistad y cariño a raudales (aquella ciudad de provincias de la que he hablado en la entrada "Inés, o la imposibilidad de volver"), lo cierto es que las cosas se pusieron muy difíciles en términos familiares. Mis padres vivieron complicaciones en su trabajo que los hicieron estar separados en largas temporadas, los hijos les vimos mucho menos, y tuvimos que asumir enseguida bastantes responsabilidades. Recuerdo cómo volvíamos del colegio a casa, al mediodía, y nos hacíamos la comida a solas...y cosas así. Mi vida privada ya nunca más disfrutó de la tranquilidad y armonía de la que gozó en aquellos primeros siete años de vida. La niña que fui entonces sabía muy bien lo que iba a suceder, solo que no era capaz de verbalizarlo, porque se trataba de una intuición sin palabras.
La última vez en que lloré porque el tiempo "pasaba" y ciertas cosas nunca volverían a ser lo que eran, estaba en una celebración de final de curso, con todo el colegio. Yo tenía 12 años, y en medio del acto, empecé a pensar: "Acuérdate de esto. Acuérdate de cómo eres" Tenía una sensación muy peculiar, en la que se mezclaba pena con miedo. Sabía, esta vez porque ya me lo habían explicado, que en breve nos trasladaríamos a la Gran Ciudad, y temía que ese cambio me alejara de los momentos de dicha y plenitud que estaba experimentando allí, en aquel contexto físico, humano y social que pronto dejaría atrás. El pensamiento se volvió insistente, martilleante, y me decía a mi misma todo el tiempo: "Acuérdate de quién eres. Acuérdate de esto" Quise como agarrar la esencia de "eso" que yo era, o que experimentaba en esa etapa de mi vida como "mi manera de ser", y entonces viví unos instantes de plenitud, de energía inmensa. Era algo indescriptible y que no sabía verbalizar, pero me hizo llorar. Me juré a mí misma "no olvidar" y permanecer, de algún modo, fiel a "eso", pero...Bueno, fue imposible. Lógicamente, el alud de cambios que viví en los años siguientes, hicieron no sólo que yo también cambiara, sino que olvidara aquel momento y mi propia promesa de no olvidar "mi esencia". Tuvieron que pasar no menos de 15 años hasta que, a raíz de un largo viaje que realicé andando (Camino de Santiago) de repente recordé todo: volvió a mí la sensación de "saber" quién era en esencia, el recuerdo de lo que fuí, y también el de aquel instante de consciencia acrecentada acerca de mi ser, incluída la promesa que me hice y que me fue imposible cumplir. A la luz de aquel recuerdo esencial, volvieron a mí, en cascada, un aluvión de recuerdos de instantes felices, de sensaciones infantiles maravillosas y olvidadas, y de repente volví a reir y a sentirme como cuando era niña, un torrente de vitalidad a la que toda la familia llamaba "bicho". Pero mejor ser un "bicho" que esa cosa en la que me había convertido, tan gris...
El triple contraste entre lo que yo sentía que era en esencia, la persona que fui de niña, y la que era ahora, me hizo comprender que mi vida estaba más que errada, en su forma o actos presentes. Llevaba un tiempo teniendo sueños peculiares, en los que me asomaba a modos de vida distintos, surgidos de sociedades igualmente diferentes (indígenas), pero aún no se me había ocurrido cuestionar mi actividad como prostituta. Sin embargo, cuando anduve aquel Camino de Santiago, me di cuenta de que mi vida no encajaba con lo que supuestamente debería hacer si quería recuperar mi alegría innata y mi vitalidad, aquello que experimentaba de niña, pero adaptado, claro está, al cuerpo y la mente adultas. Porque nunca más sería tan inocente, en el sentido de ignorante de ciertas realidades. Ahora sabía mucho, de hecho. Pero sí podía volverme inocente en otro sentido: en el de quien vuelve a apostar por la dicha, por hacer lo que verdaderamente quiere desde el corazón, por disfrutar de la vida de otra manera. Y eso implicaba volver a tener esperanza. Mientras haces lo que haces porque crees que no hay otro remedio, o porque piensas que es una especie de deber, no hay mucha esperanza en tu vida. Si, en cambio, apuestas por la búsqueda del gozo profundo...eso es apostar mucho. Eso es tener, definitivamente, una enorme cantidad de esperanza, porque existe una tendencia de pensamiento dominante que nos empuja a lo contrario, y que censura silenciosamente al que sólo pretende "ser feliz", tildándolo de iluso, loco, o hasta de egoísta.
Decidí que ya había pasado demasiado tiempo olvidada de quien era, y que la vida era demasiado corta como para continuar apostando por actos y rutinas que no respondian exactamente a mi esencia, a lo que más me hacía vibrar y gozar. La dicha, mi verdadera dicha, siempre había sido experimentada en espacios naturales, con amplios horizontes por los que moverme. Decidí que no quería más ciudad. Tampoco quería tener que ganarme la vida como puta forever. Deseaba recuperar, de algún modo, la armonía de la vida "tribal/amistosa" que viví en mi infancia. Lógicamente, nada sería como cuando fui niña, porque la perspectiva adulta es cien veces más compleja, pero...debería seguir siendo posible vivir en un contexto donde hubiera amistad abundante, donde existiera incluso solidaridad, y donde pasar por los inevitables momentos difíciles de una vida se hiciera más llevadero porque te bastaba salir a la calle para encontrar hombros en los que llorar, o manos tendidas para acompañarte. Soñé, pues, con una vida diferente, cerca de campos, bosques y animales, y con gente humana que viviera de un modo menos aislado que en las ciudades. Mi sueño no dejaba de ser ingenuo, a pesar de que esta vez partía de mi mente adulta, porque en aquel entonces desconocía aún muchas de las complejidades con las que hay que lidiar para vivir estas cosas. Pero aposté por ello, y así me uní, aunque de manera inconsciente, a la esperanza.
Mucha esperanza hube de tener, de hecho, puesto que desde aquel viaje hasta que finalmente partí de la ciudad, dejando mi vida de puta atrás, pasaron unos 5 ó 6 años, en los cuales llegué a perder aquel sueño a temporadas, tildándolo de tontería o de insensatez sin fundamentos. Pero había recordado quiñen era, y ya no lo podía volver a olvidar. En los momentos de mayor lucidez, dedicaba parte de mi tiempo a consolidar esa dirección de mi vida, invirtiendo energía, por ejemplo, en realizar nuevos viajes a lugares en los que me fuera más fácil sentirme siendo "yo misma". Siempre eran entornos naturales o rurales, y me fascinaba contemplarme, observarme, y descubrirme realmente cambiada, como si me bastara con alejarme mil km de la Gran Ciudad para mutar y convertirme en otra mujer con reacciones, pensamientos y emociones distintas. Al final, emigré a aquel lugar donde más se acentuaba esta impresión de cambio interior. Era mi manera particular de navegar en pro de la corriente más favorable a mi cambio de vida. Me hubiera sido muy difícil, si no imposible, dejar de ser puta sin cambiar de contexto, y sin ayudarme de la (para mí) poderosa energía de la naturaleza. Pero todos los viajes que realicé en aquellos cinco años me ayudaron a sondear mi capacidad de cambio, y a discernir mejor en qué tierras me sería más fácil emprender una nueva vida, ya no basándome en consideraciones racionales (buscando un trabajo, o una casa bonita) sino en lo que mi interior sentía. Porque si yo no cambiaba de modo de reaccionar, sentir y pensar, repetiría mis antiguas acciones, aunque tuviera nuevas oportunidades al alcance de mi mano. Puede que incluso ni siquiera las viera, quién sabe, porque la percepción puede ser muy subjetiva, y si uno está muy sumergido en un ambiente...cuesta ver otras cosas. Así que estaba claro que lo más importante era ser capaz de experimentarme siendo de otra manera, y entonces todo lo demás se ordenaría. Ya encontraría caminos para realizar lo necesario. Con la fuerza que da ser en plenitud, todo se acaba resolviendo.
Y este es el final de esta tanda de capítulos, o entradas. Pero es un final sin fin porque nada está del todo concluído, ni definido. El trigo y la cizaña siguen creciendo juntos en mi vida, y unos días me ofusco viendo las malas hierbas, y otros me explayo con las flores: es lo que hay. He comprendido el misterio del campo abonado, y me río mucho cuando pienso que, como mujer, estoy abonadísima, porque he vivido entre las sombras más densas, y he manejado mucha, pero que mucha, "mierda". Pero a veces también me olvido del equilibrio, me canso, me agoto, y me dan ganas de darle una patada a todo: al abono, y a la madre que lo parió, y...Por suerte, la naturaleza tiene la virtud de sosegarme, tal vez porque me contagia por inmersión, una y otra vez, su equilibrio. En ella todo se vive en unidad. No hay luchas entre "lo bueno y lo malo", sino simplemente procesos fluctuantes, vida que presiona en la dirección de su plenitud, desorden que se ordena y orden que se desbarata, todo para que las cosas, simplemente, sean, suceda algo en el escenario de la vida y ...en definitiva, no nos muramos de aburrimento. Basta con abrir los ojos, sentarse y verlo. Y en ello estoy. Lo demás...el tiempo lo dirá. Pero no he vuelto a llorar "porque pasa el tiempo", con lo cual imagino que aún me quedan cosas buenas por vivir, puede que mucho mejores que lo que estoy experimentado ahora. Ya volveré para contarlo.







