domingo, 9 de diciembre de 2012

Final sin fin.


Quise terminar "Las Ocultas" con un epílogo sobre la parte bella de mi vida infantil. Lo consideraba justo, puesto que, a lo largo de todo el libro, no había mencionado más que detalles desagradables o escabrosos. Y si todo hubiera sido, realmente, tan malo o destructivo para mí, me hubiera sido mucho más fácil nombrar mis problemas o encontrar las raíces de los mismos. Sin embargo, en las raíces de mi presente se encuentran, como les sucede a tantas otras personas, semillas de plenitud y dicha mezcladas con lo horrible, lo feo, lo dañino. Así que mientras uno pretende elegir únicamente un aspecto de su vida para quedarse con él, se ve en un profundo dilema: si te quedas con lo desagradable, asociado a ello van anécdotas felices que, irremediablemente, serán arrojadas a la papelera junto con todo lo demás, por mucho que quieras discernir. Pues el trigo y la cizaña crecen mezclados, y no es posible separar grano de mala semilla salvo en momentos de cosecha, es decir de muerte o de final de etapa, y mientras no estemos ahí...Mientras el final de un tiempo no acontezca, lidiar con lo "bueno" nos obliga a asumir elementos "malos", y viceversa. Pretender separar de manera tajante en un campo lo que nos interesa de lo que no, obliga a terminar, finalmente, con la vida, esterilizándola de manera maniática y obsesiva. Uno se convertiría, al final, en una de esas personas que ya no saben relacionarse sin usar guantes y mascarilla, y sufren por una simple mota de polvo caída en su mesita de noche. El gran descubrimiento es, pues, que la mierda, lo sucio, lo desagradable a fin de cuentas, pueden ser un abono estupendo para los procesos vitales. Eso sí: sólo si se viven en su justa medida. Si inundas un campo de camionadas de estiércol, lo matas. Pero si dejas que la porquería ocupe su justo lugar, lo fertilizas. En ese punto es cuando aprendes a vivir la unidad de todas las cosas en tu interior, dejas de pelearte con lo "negativo" y, simplemente, intentas vivir esa justa medida que hace que la vida prospere, es decir: un equilibrio saludable.

En fin, quise terminar "Las Ocultas" con un capítulo sobre mis recuerdos infantiles agradables, y no pudo ser por exigencias editoriales de brevedad. Hoy me desquito y digo aquí lo que en su día quise decir, porque todo lo que quiere ser dicho insiste y termina por salir a la luz, de un modo u otro, en un tiempo o en otro.
Y podría contar muchas anécdotas felices de mi infancia, pero me limitaré a contar algo que las incluye a todas de manera implícita. Se trata de mi llanto de niña por el paso del tiempo. Fue algo que me sucedió tres veces, en mi infancia, y de las 3 veces me acuerdo con perfección, porque se me quedaron grabadas como a fuego en mi mente. La primera sucedió una noche de fin de año, cuando yo tendría unos 5 ó 6 años. Habíamos estado celebrándola en familia, con una cena especial, villancicos y esa clase de cosas, y yo me había sentido muy feliz. La Navidad, de hecho, me parecía realmente mágica, y suscitaba en mí sentimientos muy intensos y profundos, que a veces me llevaban a emocionarme sin que supiera bien por qué. Pero aquella noche mi emoción rebasó lo habitual y, al acostarme, no pude evitar ponerme a llorar. Mi madre lo notó y se acercó a mi cama para preguntarme qué me pasaba. Yo le dije, entre hipos y sollozos, que lloraba "porque pasaba el tiempo". Mi madre se quedó un tanto desconcertada, ya que no sólo no esperaba una respuesta así, sino que ¿cómo podía consolarme, si era evidente que el tiempo pasaba, y precisamente acabábamos de celebrar un fin de año? No recuerdo ni qué mé dijo, pero sí recuerdo mi dificultad para expresar lo que realmente sentía por dentro, y la causa de mi llanto.

Tengo grabado el eco de mis sensaciones, y de mi miedo a verbalizarlas sin parecer demasiado dramática o pesimista, cosa que mi madre no apreciaba, porque siempre defendía el optimismo. Y es que, lo que me sucedía, era que me daba pena que pasara el tiempo...porque "sabía", de algún modo, que momentos felices como aquel quedarían atrás para siempre y NUNCA volverían a repetirse. Mi vida cambiaría, las cosas se pondrían difíciles, oscuras...En todo caso, serían diferentes, y nunca, nunca más, volvería a disfrutar de momentos de armonía familiar como aquel. Yo sentía eso, pero claro, si lo hubiera dicho, mi madre me habría contestado que no tenía que ser tan pesimista, que siempre seríamos felices, etc. También hubiera podido interpretarlo como una crisis de crecimiento. Es lo lógico: llega un momento en que te das cuenta de que crecer implica cambiar, que tus pensamientos y emociones también cambian, y que todo se vuelve más complejo, y entonces es natural temer la pérdida de momentos de dicha "infantil", entendida como fruto de la inocencia y la ingenuidad de quien, todavía, desconoce las sombras y realidades dolorosas del mundo. Hoy, sin embargo, miro atrás, y siento ternura por la niña que fui. Realmente tenía razón en muchos sentidos: aquella inocencia se perdió, y con el tiempo, poco a poco, la relación con mis padres, que en aquel día me parecía inmaculada e intachable, se convirtió en algunos momentos en algo infernal. Hoy existe entre nosotros una relativa calma y aceptación mutua, pero lo que siento dista mucho de aquel sentimiento beatífico infantil. Las cosas nunca serán como fueron, es cierto, pues la inocencia me permitía disfrutar de la parte agradable de mi vida sin ser consciente de la desagradable. No pretendo recuperar aquella ignorancia, porque creo que el conocimiento es útil para sobrevivir, pero sí tengo que señalar que, el hecho de que yo llorara por el paso del tiempo, es una prueba de que existieron muchos momentos agradables en mi infancia. Tantos como para hacerme llorar. Lo desagradable estaba ahí, de acuerdo, pero no impedía la existencia de lo otro, de lo feliz.

Lloré en otra ocasión por el paso del tiempo, y fue la tarde de mi séptimo cumpleaños. Había invitado a algunas amigas a mi casa para celebrarlo, y cuando éstas se fueron, me entró una congoja insoportable y empecé a llorar. De nuevo mi madre fue a preguntarme qué me pasaba, pero esta vez ya no supe qué responderle. Concluyó que me había emocionado por el cumpleaños, y la cosa quedó así. Lo cierto era que yo sentía algo similar a lo experimentado aquella noche de fin de año: no volvería a vivir nunca más una experiencia como aquella. Un dia dejaría de ver a mis amigas, dejaría de ser tan feliz, y todo se complicaría...Mis presentimientos se cumplieron no solo por la vía natural (las lógicas crisis de crecimiento), sino también por una alteración inesperada: aquel verano nos trasladamos de ciudad y perdí para siempre a aquellas amigas. Aunque fui a parar a otro lugar donde tuve mucha suerte, y encontré amistad y cariño a raudales (aquella ciudad de provincias de la que he hablado en la entrada "Inés, o la imposibilidad de volver"), lo cierto es que las cosas se pusieron muy difíciles en términos familiares. Mis padres vivieron complicaciones en su trabajo que los hicieron estar separados en largas temporadas, los hijos les vimos mucho menos, y tuvimos que asumir enseguida bastantes responsabilidades. Recuerdo cómo volvíamos del colegio a casa, al mediodía, y nos hacíamos la comida a solas...y cosas así. Mi vida privada ya nunca más disfrutó de la tranquilidad y armonía de la que gozó en aquellos primeros siete años de vida. La niña que fui entonces sabía muy bien lo que iba a suceder, solo que no era capaz de verbalizarlo, porque se trataba de una intuición sin palabras.

La última vez en que lloré porque el tiempo "pasaba" y ciertas cosas nunca volverían a ser lo que eran, estaba en una celebración de final de curso, con todo el colegio. Yo tenía 12 años, y en medio del acto, empecé a pensar: "Acuérdate de esto. Acuérdate de cómo eres" Tenía una sensación muy peculiar, en la que se mezclaba pena con miedo. Sabía, esta vez porque ya me lo habían explicado, que en breve nos trasladaríamos a la Gran Ciudad, y temía que ese cambio me alejara de los momentos de dicha y plenitud que estaba experimentando allí, en aquel contexto físico, humano y social que pronto dejaría atrás. El pensamiento se volvió insistente, martilleante, y me decía a mi misma todo el tiempo: "Acuérdate de quién eres. Acuérdate de esto" Quise como agarrar la esencia de "eso" que yo era, o que experimentaba en esa etapa de mi vida como "mi manera de ser", y entonces viví unos instantes de plenitud, de energía inmensa. Era algo indescriptible y que no sabía verbalizar, pero me hizo llorar. Me juré a mí misma "no olvidar" y permanecer, de algún modo, fiel a "eso", pero...Bueno, fue imposible. Lógicamente, el alud de cambios que viví en los años siguientes, hicieron no sólo que yo también cambiara, sino que olvidara aquel momento y mi propia promesa de no olvidar "mi esencia". Tuvieron que pasar no menos de 15 años hasta que, a raíz de un largo viaje que realicé andando (Camino de Santiago) de repente recordé todo: volvió a mí la sensación de "saber" quién era en esencia, el recuerdo de lo que fuí, y también el de aquel instante de consciencia acrecentada acerca de mi ser, incluída la promesa que me hice y que me fue imposible cumplir. A la luz de aquel recuerdo esencial, volvieron a mí, en cascada, un aluvión de recuerdos de instantes felices, de sensaciones infantiles maravillosas y olvidadas, y de repente volví a reir y a sentirme como cuando era niña, un torrente de vitalidad a la que toda la familia llamaba "bicho". Pero mejor ser un "bicho" que esa cosa en la que me había convertido, tan gris...

El triple contraste entre lo que yo sentía que era en esencia, la persona que fui de niña, y la que era ahora, me hizo comprender que mi vida estaba más que errada, en su forma o actos presentes. Llevaba un tiempo teniendo sueños peculiares, en los que me asomaba a modos de vida distintos, surgidos de sociedades igualmente diferentes (indígenas), pero aún no se me había ocurrido cuestionar mi actividad como prostituta. Sin embargo, cuando anduve aquel Camino de Santiago, me di cuenta de que mi vida no encajaba con lo que supuestamente debería hacer si quería recuperar mi alegría innata y mi vitalidad, aquello que experimentaba de niña, pero adaptado, claro está, al cuerpo y la mente adultas. Porque nunca más sería tan inocente, en el sentido de ignorante de ciertas realidades. Ahora sabía mucho, de hecho. Pero sí podía volverme inocente en otro sentido: en el de quien vuelve a apostar por la dicha, por hacer lo que verdaderamente quiere desde el corazón, por disfrutar de la vida de otra manera. Y eso implicaba volver a tener esperanza. Mientras haces lo que haces porque crees que no hay otro remedio, o porque piensas que es una especie de deber, no hay mucha esperanza en tu vida. Si, en cambio, apuestas por la búsqueda del gozo profundo...eso es apostar mucho. Eso es tener, definitivamente, una enorme cantidad de esperanza, porque existe una tendencia de pensamiento dominante que nos empuja a lo contrario, y que censura silenciosamente al que sólo pretende "ser feliz", tildándolo de iluso, loco, o hasta de egoísta.

Decidí que ya había pasado demasiado tiempo olvidada de quien era, y que la vida era demasiado corta como para continuar apostando por actos y rutinas que no respondian exactamente a mi esencia, a lo que más me hacía vibrar y gozar. La dicha, mi verdadera dicha, siempre había sido experimentada en espacios naturales, con amplios horizontes por los que moverme. Decidí que no quería más ciudad. Tampoco quería tener que ganarme la vida como puta forever. Deseaba recuperar, de algún modo, la armonía de la vida "tribal/amistosa" que viví en mi infancia. Lógicamente, nada sería como cuando fui niña, porque la perspectiva adulta es cien veces más compleja, pero...debería seguir siendo posible vivir en un contexto donde hubiera amistad abundante, donde existiera incluso solidaridad, y donde pasar por los inevitables momentos difíciles de una vida se hiciera más llevadero porque te bastaba salir a la calle para encontrar hombros en los que llorar, o manos tendidas para acompañarte. Soñé, pues, con una vida diferente, cerca de campos, bosques y animales, y con gente humana que viviera de un modo menos aislado que en las ciudades. Mi sueño no dejaba de ser ingenuo, a pesar de que esta vez partía de mi mente adulta, porque en aquel entonces desconocía aún muchas de las complejidades con las que hay que lidiar para vivir estas cosas. Pero aposté por ello, y así me uní, aunque de manera inconsciente, a la esperanza.

Mucha esperanza hube de tener, de hecho, puesto que desde aquel viaje hasta que finalmente partí de la ciudad, dejando mi vida de puta atrás, pasaron unos 5 ó 6 años, en los cuales llegué a perder aquel sueño a temporadas, tildándolo de tontería o de insensatez sin fundamentos. Pero había recordado quiñen era, y ya no lo podía volver a olvidar. En los momentos de mayor lucidez, dedicaba parte de mi tiempo a consolidar esa dirección de mi vida, invirtiendo energía, por ejemplo, en realizar nuevos viajes a lugares en los que me fuera más fácil sentirme siendo "yo misma". Siempre eran entornos naturales o rurales, y me fascinaba contemplarme, observarme, y descubrirme realmente cambiada, como si me bastara con alejarme mil km de la Gran Ciudad para mutar y convertirme en otra mujer con reacciones, pensamientos y emociones distintas. Al final, emigré a aquel lugar donde más se acentuaba esta impresión de cambio interior. Era mi manera particular de navegar en pro de la corriente más favorable a mi cambio de vida. Me hubiera sido muy difícil, si no imposible, dejar de ser puta sin cambiar de contexto, y sin ayudarme de la (para mí) poderosa energía de la naturaleza. Pero todos los viajes que realicé en aquellos cinco años me ayudaron a sondear mi capacidad de cambio, y a discernir mejor en qué tierras me sería más fácil emprender una nueva vida, ya no basándome en consideraciones racionales (buscando un trabajo, o una casa bonita) sino en lo que mi interior sentía. Porque si yo no cambiaba de modo de reaccionar, sentir y pensar, repetiría mis antiguas acciones, aunque tuviera nuevas oportunidades al alcance de mi mano. Puede que incluso ni siquiera las viera, quién sabe, porque la percepción puede ser muy subjetiva, y si uno está muy sumergido en un ambiente...cuesta ver otras cosas. Así que estaba claro que lo más importante era ser capaz de experimentarme siendo de otra manera, y entonces todo lo demás se ordenaría. Ya encontraría caminos para realizar lo necesario. Con la fuerza que da ser en plenitud, todo se acaba resolviendo.

Y este es el final de esta tanda de capítulos, o entradas. Pero es un final sin fin porque nada está del todo concluído, ni definido. El trigo y la cizaña siguen creciendo juntos en mi vida, y unos días me ofusco viendo las malas hierbas, y otros me explayo con las flores: es lo que hay. He comprendido el misterio del campo abonado, y me río mucho cuando pienso que, como mujer, estoy abonadísima, porque he vivido entre las sombras más densas, y he manejado mucha, pero que mucha, "mierda". Pero a veces también me olvido del equilibrio, me canso, me agoto, y me dan ganas de darle una patada a todo: al abono, y a la madre que lo parió, y...Por suerte, la naturaleza tiene la virtud de sosegarme, tal vez porque me contagia por inmersión, una y otra vez, su equilibrio. En ella todo se vive en unidad. No hay luchas entre "lo bueno y lo malo", sino simplemente procesos fluctuantes, vida que presiona en la dirección de su plenitud, desorden que se ordena y orden que se desbarata, todo para que las cosas, simplemente, sean, suceda algo en el escenario de la vida y ...en definitiva, no nos muramos de aburrimento. Basta con abrir los ojos, sentarse y verlo. Y en ello estoy. Lo demás...el tiempo lo dirá. Pero no he vuelto a llorar "porque pasa el tiempo", con lo cual imagino que aún me quedan cosas buenas por vivir, puede que mucho mejores que lo que estoy experimentado ahora. Ya volveré para contarlo.

                                                

jueves, 6 de diciembre de 2012

La importancia de tener abuela

(Fotografía de Gregory Colbert)

Tengo la suerte de haber tenido abuela. En realidad, carnalmente tuve dos, pero una de ellas no contribuyó mucho, que digamos, a mi autoestima y seguridad personales. No se le dió bien, tenía demasiados problemas ella misma, muchos prejuicios e incluso cierto clasismo, y me proyectó sin querer un rol desagradable, de niña rebelde, desordenada y sucia, más o menos. Hoy creo que lo que le sucedía, en realidad, es yo le daba miedo, porque le recordaba a ella misma, pues también durante un tiempo se consideró a sí misma rebelde y sufrió demasiado por ello...En fin, aquella fue una de mis abuelas, con cuya herencia negativa he tenido que lidiar para rescatar otras partes positivas de su legado, pero hoy iba a hablar de la otra. De la que veía en mí un compendio de cosas buenas (aunque nunca me lo dijo), y me trataba, por consiguiente, como a alguien de suma importancia en su vida. Y mientras escribo esto me doy cuenta de lo curioso que es contrastar las maneras de ser de ambas abuelas. La que gastaba más gestos cariñosos, casi empalagosos, palabras dulces y frases magníficas, una abuela cultivada, fina y educada, fue la que me hizo sentirme mala y poca cosa y me llevó por caminos que ella hubiera tildado de vulgares y horribles. En cambio, la abuela adusta, seca y severa, la mujer que a duras penas escribía correctamente, y que nunca se caracterizó precisamente por usar florituras, me retransmitió un cariño enorme y una inmensa valoración por mi persona. Lo cual me hace pensar que los niños son muy sensibles y detectan en seguida lo que está por detrás de las formas y las palabras, lo que los adultos sienten y piensan en su interior más secreto, aunque a veces no lo digan por recato, o aunque sean tan torpes que ni queriendo sean capaces de decirte algo bonito. Al final, en la comunicación con un niño, el corazón es lo que cuenta, y si éste tiene sombras, se retransmiten. Es lo que hay.

Tuve, entonces, una abuela en cuyo corazón no había sombras hacia mí, y que me hizo sentirme como si fuera, qué se yo, algo sagrado para ella: una niña muy especial y muy querida, una niña protegida por un manto de amor misterioso e invisible que, de algún modo, mi abuela proyectaba hacía mí, incluso en la distancia...Y qué suerte he tenido, porque el rastro o eco de esa abuela ha sido una de las cosas que ha contribuído a salvarme en momentos muy oscuros y de mucha desesperación. Y eso que, en sus últimos años de vida, ella se declaraba confusa hacia la clase de vida que yo llevaba. No entendía ni a qué me dedicaba, ni porqué tardaba tanto en casarme y tener hijos. Me veía tan grande, tan rica, tan llena de dones, que no le cuadraba que yo no "tuviera nada", tal y como me dijo una vez, con rostro perplejo, durante una cena: "¿Y tú, qué haces? ¿Qué tienes?" Yo no supe qué responderle en aquella ocasión. Tenía mi piso, mi carrera recién terminada, mis sueños de artista, mi dinero "bien" ganado por la prostitución, novios que iban y venían...Sentía que tenía casi todo al alcance de mi mano, que pronto triunfaría, etc, pero en el lenguaje de mi abuela (y en su modo de ver la vida) aquello no era nada. Tener, para ella, era otra cosa, y se relacionaba con vivir la prosperidad natural del ser: el amor, la descendencia feliz, la vida en contacto con la tierra...Mi vida le parecía, ¿cómno decirlo? demasiado "virtual" y muy poco material. Mi abuela no habia salido casi nunca de su pueblo, y había vivido siempre con lo justo, pero estaba muy orgullosa de ello. De hecho, mis abuelos nunca tuvieron siquiera coche, y sólo cuando ya fueron muy mayores salieron alguna vez "de vacaciones", a casa de algún hijo. Ni siquiera se permitieron viajar "por turismo", como hacen hoy los jubilados. Estaban muy apegados a su tierra, a su huerta, sus frutales, sus animales...Envejecieron juntos en una casa humilde que no tenía ni calefacción, ni comodidades, pero se decían mutuamente: "Qué bien estamos. Cuántas cosas tenemos. Qué bonito es todo esto. Tenemos que dar muchas gracias a Dios"

Se peleaban a veces, como tantos matrimonios, pero se querían hasta límites insospechables. Y eran muy prácticos. Como tenían muy claro que un día se morirían, discutían acerca de quién sería el primero, y cómo ayudaría éste al superviviente, y viceversa. El que quedara vivo, rezaría sin parar hasta "lograr" que el otro fuera al Cielo, si acaso se accidentaba ese trayecto (Dios no lo quisiera) Y el que llegara primero al Cielo, echaría un cable al otro. Rezaban juntos en la cocina y al atardecer por esto, entre otras tantas cosas, y aún llega a mi memoria el rumor de sus oraciones, superpuestas a aquel enorme silencio, silencio de casa de pueblo de gruesas paredes y suelo directamente puesto sobre la tierra. Yo no era muy creyente, después de mis fatídicas experiencias con la Iglesia, pero nunca pude reirme ni despreciar la fe de mis abuelos, porque era demasiado sentida y auténtica. Era su lenguaje particular de decirse que se amaban y que, además, amaban a los demás y agradecían la vida que les habia tocado vivir (a pesar de su dureza, guerra y hambre pasadas incluídas) Años más tarde, ambos cumplieron su promesa. Cuando murió mi abuelo, mi abuela, que además era una mujer de enorme determinación y tozudería (como las rocas) no paró hasta "asegurarse" de que éste gozaba del esplendor celestial. Por su parte, mi abuelo, o su eco, envolvieron el resto de años de la vida de mi abuela con un manto de paz...al cabo de los cuales también ella transitó felizmente. Y digo felizmente porque ninguno de los dos sufrió lo más mínimo ni en su agonía, ni en su muerte. Ni siquiera estuvieron gravemente enfermos.

En fin, ellos ya se habían muerto hacía tiempo cuando el resplandor de su memoria me alcanzó en uno de mis peores momentos. Recuerdo perfectamente aquella tarde, en la que estaba esperando "hacerme" algún cliente en la última casa de putas donde trabajé. Eran mis tiempos finales y lo pasaba muy mal. Me costaba un sacrificio llamar al timbre de aquel piso y ponerme a trabajar, pero tampoco era capaz de hacer otra cosa, ni veía otra salida para mí. Estaba psicológicamente hundida y atrapada en círculos viciosos mentales que se retroalimentaban, y mi salud tampoco era buena. Y en fin, era por la tarde, y estaba sentada leyendo un libro en una de las habitaciones vacías de aquel piso, lejos del bullicio de la sala de espera, donde las chicas se apiñaban para ver la televisión. Mi ánimo estaba aquel día por los suelos, e intentaba encontrar un poco de consuelo en la belleza del atardecer, levantando la vista para mirar, desde el sofá, la puesta de sol que se veía tras la ventana. Todas las nubes se teñían de dorado, más allá de los edificios de la calle de enfrente, y contrastaban con un cielo turquesa que, aquel día, y debido al viento de febrero, estaba extrañamente limpio.

Entonces, de repente tuve una sensación muy fuerte como de estar en presencia de mis abuelos. "Casi" era como oirlos, como olerlos, o sentirlos, de pie frente al sofá, y me pareció que estaban relacionados de algún modo con el resplador de la puesta del sol, o con alguna clase de luminosidad bella que quería abrirse paso en mi interior. Algo se movió en mi corazón, noté como una oleada de cariño, y me puse a llorar. En aquel entonces aún no sabía enfocar mis sensaciones como lo haría, años después, con la terapia, pero como ya investigaba los sueños, otorgué a aquella sensación la calidad de "sueño estando despierta" y por lo tanto le presté atención. Intenté "escucharlo", concentrándome en aquello e intuyendo que, tal y como suele suceder con los sueños nocturnos, aquello se evaporaría enseguida, así que tenía que aprovechar el instante e intentar atrapar lo que fuera de esa experiencia.

Dejé a un lado el libro que estaba leyendo, miré en la dirección donde supuestamente "estaban" mis abuelos de pie, y, aunque no les veía ni nada por el estilo, hice un acto de fé en la magia del sueño y les pregunté qué estaban haciendo nada menos que allí. Porque, si ellos "estaban" en ese sueño que incluía aquella casa y mi desolada prostitución, me daba vergüenza que me vieran. Hubiera preferido que en ningún "sueño" se mezclaran mis abuelos con lo que yo, en aquel entonces, consideraba lo peor de mi realidad. Esperé unos instantes, mirando al vacío, y una respuesta se formó en mi mente: "No sólo no nos avergonzamos de tí, sino que hemos venido para bendecirte. Estamos orgullosos de tí, y te queremos mucho" Y entonces, durante unos instantes mágicos, me sentí realmente bendita, amada, abrazada por aquellos abuelos tan lejanos en el tiempo y el espacio, y tan diferentes en todo a mí y a la clase de vida que llevaba, que no dejaba de resultar chocante que en mi imaginación pudieran conjugarse con aquella casa y aquel momento de mi vida.

Sí, porque en realidad, en mi imaginación lo natural hubiera sido pensar que, en caso de enterarse de mi prostitución, mis abuelos hubieran puesto el grito en el cielo, y hubieran venido no a bendecirme, sino a romperme algo en la cabeza, o a echarme una bronca como mínimo. Porque ellos habían sido católicos practicantes a la antigua usanza, tirando a severos, y si en vida se hubieran enterado de mis actividades puteriles, se hubieran muerto del disgusto como mínimo. No, mi imaginación no era tendente a proyectar imágenes ideales de abuelitos amorosos yendo a visitar a su nieta mientras está vestida puta, esperando a un cliente pra follárselo, y todo para decirle cuán querida es, y lo muy orgullosos que están de ella. Ja, aquello era más bien inimaginable para mí, con lo cual esa experiencia interior era chocante como mínimo.

De hecho, era tan chocante que no supe qué más hacer con ella. La sensación de la "visita" de mis abuelos fue, además, tan fugaz como me temía, y enseguida todos mis sentidos volvieron a la normalidad. Me quedó, eso sí, un eco como por dentro. Era el eco de algo bonito, y una calidez íntima que ardía ahí, en algún lugar recóndito de mi ser, infundiéndome un poco de calor en aquella etapa de mi vida, por lo demás, tan desolada y fría. Así que finalmente adopté el pensamiento mágico. Si yo no estaba predispuesta a creer que mis abuelos hicieran algo así, entonces tal vez había sucedido algo que escapaba a lo que mi mente consciente era capaz de proyectar (una mera imaginación debida a las ideas preconcebidas) Y elegí creer que mis difuntos abuelos realmente me habían venido a visitar en mi "cárcel" de prostitución para bendecirme y hacerme sentir que no estaba tan sola, a fin de cuentas. Lo cual, quién sabe, igual no era tan descabellado a fin de cuentas. Puestos a imaginármelos en "su" cielo, y si era cierto que ese cielo era un lugar de amor y comprensión, pues qué mejor que ir a echarle un cable a su querida nieta, que las estaba pasando putas, y además de verdad.

El tiempo pasó, y aunque en su día casi olvidé aquella anécdota, volvi a recordarla tiempo más tarde, pues el recuerdo de mis abuelos (especialmente el de mi abuela) apareció cíclicamente y acabó por convertirse en un referente muy importante para mí. Hoy no me cabe la menor duda de que en cierto modo quiero parecerme a mi abuela, al menos en algunos aspectos. Y no es que quiera convertirme en ella, sino que, de todas mis herencias o legados emocionales y mentales recibidos, valoro muy especialmente lo que me llega de parte suya. Son como semillas, potenciales que siento que puedo emplear porque de algún modo está en mis genes hacerlo. Sé, o siento que puedo aprovechar ese conocimiento, unirme a esa fortaleza y ese tesón tan admirables, y desarrollar en mi vida ese "saber sobrevivir" pase lo que pase, y con tanta seguridad en sí misma, con aquella pose tan digna, tan de reina de su mundo. Su recuerdo, y especialmente el recuerdo de lo plena que fue su humilde vejez, me dan la esperanza de lograr vivir de otro modo. Lo que fue mi abuela demuestra que existen muchos modos de prosperidad, y muchos no pasan por acumular un montón de dinero en el banco, o muchas posesiones. Se puede prosperar de manera más sencilla, y uno puede mirar con orgullo una vida más simple, siempre que exista en ella un ingrediente fundamental: amor, tanto por una misma y la propia vida, como por aquellas personas con las que se comparte lo cotidiano.

No todos los fantasmas se nos hacen presentes porque tengamos con ellos dolorosas o tristes cuentas sin saldar con aquellas personas que se fueron. También el eco del amor, de la luminosidad de días felices o de cierta sabiduría y conocimiento ancestral de la vida pueden irrumpir en un presente agobiado por dolores, contribuyendo a sanarlo. Qué suerte tengo, pues, porque tengo abuela, y bien es sabido que si tu abuela habla bien de tí en todas partes, tus caminos se allanan. O, como mínimo, se te hacen más llevaderos, porque la fe de otras personas en uno mismo mueve montañas en el interior. Las miradas afectuosas y bondadosas tienen un poder inmenso y, realizadas en el momento adecuado, son capaces de cambiar el curso de una vida. Hoy puedo decir que en mi pasado he sufrido mucho por malas miradas ajenas (miradas de desprecio, de burla, de odio) pero que también otras miradas me han sanado, recordándome lo precioso que hay en mí, y lo muy indestructible que ésto es.

Y así es como el recuerdo del pasado, que resulta letal y agónico a veces, en otras ocasiones puede levantar una vida destrozada desde sus cimientos. Hablemos de los recuerdos salvíficos, pues, hablemos aún un poco más de los fantasmas de la dicha....Porque es necesario, para ser justos, hablar de ello antes de terminar esto.

Un medio para lograr un fin

                          
                                                           (Ilustración de Bárbara Revilla)

La prostitución voluntaria a menudo es una clara demostración de que el medio utilizado para lograr algo no es baladí, sino que, como decía Marshal Macluhan, "el medio es el mensaje" Tú empiezas a prostituirte para lograr una serie de cosas...y muchísimas veces, lo que terminas haciendo es abrazar la prostitución en si misma y por sí misma, dejando de lado las cosas que pensabas conseguir por ese medio. Además, el gran peso y consistencia que adquiere la prostitución en la vida íntima de quien se prostituye, muchísimas veces acaba devorando las realidades de alrededor, chupando cámara como esas estrellas de cine que eclipsan a los demás, hagan lo que hagan. Es como lo que me ha sucedido a mí escribiendo "Las Ocultas". El libro mencionaba muchas realidades y cuestiones, pero la prostitución parece que se lo come todo, y al final, en las entrevistas, solo me han preguntado sobre el puterío. Es inevitable, supongo.

Me ha costado muchos años aprender que el fin no solo nunca justifica cualquier medio, sino que hay que ser además muy cuidadoso con los medios elegidos para lograr un fin, ya que lo que haces te acaba transformando, y te va influyendo, empujándote en determinadas direcciones. Hace tiempo, yo vivía en la ignorancia y creía que podía hacer casi cualquier cosa sin que mi interior se viera afectado por ello, y sin que, por lo tanto, yo dejara de ser "yo misma" Hoy, si miro hacia atrás, me da la risa floja. Ser yo misma, qué chiste. ¿Y qué pensaría yo que significaba eso? No hay nada más elusivo y cambiante que ese "uno mismo" al que tanto creemos conocer. Somos constantemente influídos por nuestro entorno, por las relaciones que mantenemos por los demás, y por las acciones que realizamos. Para no verse afectado por las acciones (sobretodo las reiteradas y cotidianas) deberíamos ser de piedra, ni más ni menos.

Así que me he ido dando cuenta de que, si no elijo un medio afín o "compatible", por así decirlo, con el fin que quiero lograr, no terminaré yendo en la dirección que pretendo, sino en otra, aunque diga lo contrario. Cuando elegí ser puta para labrarme, supuestamente, una carrera artística, no tenía ni idea de todo esto. No sabía cuánto iba a cambiar ni mi carácter, ni mis ideas, ni mi manera de ser, ni mis deseos...No me imaginaba que un día le pegaría una patada al mundillo artístico, harta de lo que me parecían tonterías y mamoneos sin fin, y abrazaría a la prostitución por considerarla más auténtica. También porque me permitía tener una economía personal decente (alquilar mi propio piso, tener mis gastos cubiertos, etc), cosa que en el bohemio mundo era mucho más difícil, salvo que tus papás sean millonarios o algo así, y se dediquen a salvarte cada vez que te ahogas, o a pagar todo lo que cuesta dedicarse en exclusiva al arte.

Lo que pasa es que a primera vista es difícil discernir si un medio va a resultar compatible, o no, con el fin pretendido. Así que a veces nos engañamos, y no nos caemos del guindo salvo con la experiencia. Sin ir más lejos, no hace mucho volví a cometer el mismo error de querer usar un medio inadecuado para el fin que pretendía. Mi/nuestro sueño como familia es poder adquirir, algún dia, una casa con terreno o similar, en una zona rural donde podamos proyectarnos a largo plazo. Entonces, como vivíamos de manera muy apurada en un pueblo muy de la España Profunda, se nos pasó por la cabeza volver a zonas más, digamos, civilizadas y cercanas a la Gran Ciudad. Pensábamos que aquí nos resultaría más fácil trabajar más y por consiguiente ahorrar con vistas a esa futura adquisición. El batacazo fue, ha sido, fenomenal. El "medio" ha terminado convirtiéndose en el mensaje, en la realidad que tenemos entre manos, y que se ha comido todo lo demás, devorando otras cuestiones que teníamos por irrenunciables. Al vivir más cerca de la Gran Ciudad, no solo todos los gastos aumentaron considerablemente, sino que además nuestro nivel de vida (sensación de bienestar personal y familiar) cayó en picado, provocándonos estrés, ansiedad, irritación, discusiones...Esto, a su vez, ha hecho que nuestra energía e inspiración cayeran al nivel del suelo, y que el sueño o proyecto de emprender una vida rural mejor ("algún dia") haya quedado relegado en un rincón de nuestra mente, a la espera de hipotéticos tiempos más propicios. El camino elegido para vivir el éxito rural, pues, se ha demostrado totalmente inadecuado para ello, aunque nuestra elección de volver cerca de la Gran Ciudad, aparentemente, era de lo más sensato y razonable. Ja. Además, ahora mismo, con la crisis, el trabajo en la city también ha bajado mucho, con lo cual nuestra trayectoria, desde que nos montamos en el carro de "la renuncia a la calidad de vida por el bien del ahorro" ha sido como un cuerpo en caída libre. Hemos ido a menos, menos y menos...hasta vernos desprovistos incluso de un poder adquisitivo suficiente para pagar un alquiler en esta zona, y tenernos que acoger en una vivienda familiar. ¡Casi como volver al domicilio paterno, después de años de independencia!

El error ha sido elegir un mal medio para ese fin que perseguíamos. Y con malo no quiero decir moralmente reprobable, sino incorrecto. No puedes proyectar prosperidad y salud en entorno rural, y generar cambios en pro de esto, si al mismo tiempo eliges sacrificarlo con la idea de ganar más dinero. Inconscientemente estás entrando en contradicción, pues mientras una parte de tu ser sigue enfocada en el trabajo de supervivencia y prosperidad en el entorno rural elegido, otra parte del ser de algún modo traiciona esto, apostando por que la economía, en realidad, sólo puede lograrse cerca de la ciudad. Y como ninguna empresa puede prosperar si está dividida, nuestra vida aquí ha hecho aguas, inclusive nuestra salud. Pero no hay que culpar a nadie de este desastre salvo a nosotros mismos, a nuestra ceguera y debilidad. Muy adecuadamente, los pedazos o restos de nuestro naufragio los han ido recogiendo, también, personas y amistades representantes de ambos caminos: por un lado, la familia nos ayuda a sobrevivir cerca de la Gran Ciudad (porque ellos prefieren esta dirección para nosotros, pues quieren tenernos cerca), por otro, los amigos que, en el medio salvaje de la España Profunda, siguen soñando nuestro mismo sueño, nos echan un cable para volver a retomar la dirección perdida por nuestros cuerpos, aunque no por nuestro corazón.

Volver al medio rural profundo, indomesticado, considerado como primitivo y salvaje por tantísima gente, parece una insensatez para lograr la prosperidad, pero yo ahora ya sé que esto es relativo. Depende de qué consideres que es prosperidad. Hace cuatro años, aún soñaba con que "alguien" nos "diera" trabajo, etcétera. Buscábamos zonas donde poder emplearnos los dos, y tal y cual. Ahora, reuniendo la máxima información acerca de cómo está el patio (crisis, y previsiones para décadas, etc), con el conocimiento que me dicta mi experiencia real, he elegido un camino de prosperidad no tan evidente, consistente en la supervivencia tal y como siempre ha existido en el mundo rural. (Más o menos) Ya no espero que nadie me "emplee". Voy a emplearme yo misma, y lo haré en diferentes ocupaciones. Ni tampoco espero conseguir dinero seguro y fijo cada mes, en cantidades interesantes. Lo que espero es que cuadren las cuentas, y esto equivale tanto a intentar diversas actividades en pro de la economía (o sea, no meter todos los huevos en la misma cesta) como a reducir gastos, yendo a vivir, por ejemplo, a un pueblo donde el precio de la vivienda sea de risa, y la tierra libre para cultivar, el agua y los recursos naturales abunden.

De algún modo, lo que pretendo es reconectarme a la clase de vida que me permitió hace años y en tiempo récord sostenerme a mí misma y fundar una familia, vida que no hubiera abandonado de no haber caído seducida por los cantos de sirena de la ciudad (y que toda una familia se confabuló en ensalzar) Pero esta vez, lo que pretendo es elegir este camino con una consciencia plena, redonda, perfecta. No como la que tenía hace años, errática y dubitativa, ensayando y probando, pero sin terminar de saber. No, ahora ya "sé". Y sé lo que voy a hacer: para empezar, voy a unirme a la herencia del único fantasma de mi pasado que ha emergido cíclicamente para ayudarme. Es el fantasma de, ni más ni menos, una de mis abuelas. Inicié esta tanda de capítulos enfocando los fantasmas de mi pasado que me hacen sufrir, pero no puedo terminar todos estos discursos sin mencionar a al menos uno de los que me han provocado lo contrario: bienestar, firmeza y alegría.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Suicidarse o Nacer

                                   
                                                                                                (Pintura de F Scott Hess)

Lo cierto es que cuando dejas atrás las estructuras prostituyentes de la sociedad, y eliges eso tan manido pero tan poco entendido de "ser tú mismo", en cierto modo te estás suicidando socialmente. Como en el vídeo que colgué antesdeayer, dejar atrás el mundo de lo artificioso, de lo maquinal, de lo controlado, medido y vigilado, no deja de ser una muerte. Pero no puedes entrar del todo en ningún nuevo mundo sin salir previamente del otro, o mejor dicho, sin salir progresivamente de lo anterior. Los tránsitos son como los nacimientos: el bebé avanza en el canal del parto con esfuerzo, e incluso a veces (si la cosa se pone difícil) vive momentos de angustia o sufrimiento fetal. El canal del parto es ese estado intermedio entre el dentro y el fuera, el cuerpo de la madre y el mundo exterior, que será lo nuevo para ese bebé. Hasta entonces, su mundo era el interior: el ruido de las vísceras de su madre, la oscuridad, la calidez...Sin embargo, a medida que el bebé crece, empieza a percibir como fogonazos de ese mundo externo que es su destino próximo. Le llegan ecos de ruidos, la música que escucha su madre, voces en tono alto, reflejos de luz, o incluso el rastro del sabor de lo que su madre come puede llegar al bebé a través del fluido placentario o la sangre. Cuanto más investiga la ciencia, más comprueba que el niño que se gesta no vive exactamente en una burbuja impermeable, aislado de la vida de su madre, sino que percibe muchas más cosas de las que unopensaría, siendo sensible incluso a las emociones maternas.

Pero esto, como digo, es un fenómeno que aumenta a medida que el niño se desarrolla, haciéndose más intenso cuando ya está en la recta final del embarazo. Nadie ha hecho una entrevista a un bebé al que le faltan días por nacer, pero es posible que, al menos en algunos casos, sienta hasta un deseo instintivo de cruzar la última barrera que lo separa de su madre. Pues bien, podríamos decir que cuando una persona empieza a desarrollarse fuertemente en una dirección de cambio, su vida empieza a parecerse a la de este bebé. Tarde o temprano, su cambio va a conducirla hacia un "nuevo mundo" Esto es así porque si uno cambia más allá de un grado, reacciona de manera progresivamente diferente a los hechos de su vida, toma decisiones asociadas a esos cambios, y finalmente va alejándose de lo que hasta entonces dominaba su panorama vital. Es inevitable, porque nuestras elecciones y decisiones configuran nuestro destino, ya seamos conscientes de ellas o no.

Lo curioso de esto es que muchas veces habremos creído estar encerrados en un mundo monótono y sin salida, sin posibilidades de ver cambiada nuestra existencia, pero cuando vamos cambiando, vamos descubriendo que ni el mundo era tan cerrado, ni tan limitado, y empezaban a sucedernos cosas inesperadas, diferentes. Como el día en que conocí a mi pareja, nada menos que a través de internet: parecía que aquello solo era un ciberencuentro más, y que aquel hombre sería un ciberamigo más entre mis docenas de conocidos, pero progresivamente fui siendo sorprendida por una realidad distinta, hasta encontrarme con un tipo de hombre que yo creía que no existía, o no "en mi mundo". Claro que si yo me hubiera relacionado con él como antiguamente lo hacía, la cosa no hubiera trascendido. Mis reacciones hubieran abortado el proceso, porque cinco o diez años atrás, lo que él mostraba no me hubiera interesado. Me habían gustado los hombres retocidos que iban de interesantes, ésa era la verdad, y aunque esporádicamente me enamoré de alguien más sencillo, no hubiera soportado la simplicidad de mi actual pareja. La hubiera confundido con falta de inteligencia, un error, por desgracia, muy común. Porque inteligencia no es necesariamente tener la cabeza como una madeja enredada, ni parecerse a Maquiavelo. Sobrevaloramos lo sobreactuado, lo no evidente, lo tramposo, y así nos va...

En fin, que, como decía, uno va cambiando y es como ese bebé al que le empiezan a llegar los ecos de un mundo nuevo. Es el mundo al que se aproxima y en el que va a nacer, ya sea consciente de ello, o no. A veces los cambios que realizamos son funestos, y los ecos que nos llegan hablan de ello: es como la época en que yo me iba acercando a la decisión final de ser puta, y de repente empezaron a seguirme los hombres por las calles, cuando jamás me había sucedido. Ni siquiera iba vestida de manera provocativa o diferente. Simplemente mi pensamiento, mis emociones y mis reacciones iban cambiando, yo iba eligiendo volverme tramposamente seductora, y empezaba a reaccionar ante los hombres como una puta calculadora y actriz. Eso se debía notar de algún modo, y empezó a sucederme que algunos transeúntes se quedaban como locos. Cómo había empezado a suceder esto era, en aquel entonces, un misterio para mí, pero me gustaba porque halagaba a mi ego. Era muy agradable ser deseada cuando llevaba desde mi adolescencia sintiéndome como el patito feo. Así que confirmé una y otra vez que deseaba ir en esa dirección, y con ello me fui formando más y más a imagen de la puta que llegaría a ser. Y es que siempre hay una posibilidad de abortar un proceso de tránsito y reconducir un cambio hacia otra dirección, o frenarlo y disolverlo, pero si te reafirmas en lo mismo y aún quieres más, nacerás a ese nuevo mundo, aunque no sepas que vas a vivir exactamente eso.

Y ese fue mi caso, allá por el año 1993, cuando me sonreí para mis adentros al ir viendo mi transformación, y comprobar que adquiría el poder de la seducción callejera. Hasta me lié con un admirador de la calle, un portugués de cuerpo atlético, culto, refinado e hijo de millonarios que, sin embargo, pasó a mi historia como una mezcla explosiva de hombre maravilloso y cabrón redomado. Era un violador en potencia, y se ponía celoso hasta de mis amigas. Empecé a retroceder asustada cuando, un día, se volvió violento en la cama por unos segundos. Sus ojos cambiaron , no parecía él, y no me escuchaba quejarme (me estaba haciendo daño) como si estuviera en trance. Afortunadamente el episodio duró segundos, pero para mí fue como verle un monstruo agazapado en el interior, y yo tampoco era idiota. Corté con él, pero entonces me empezó a perseguir, a acosar. ¡A fin de cuentas, ya me había seguido por la calle una vez! Y yo tal vez sí había sido una idiota, al enredarme con alguien a quien conoces así. Me costó mucho deshacerme de esa relación, pero el destino me ayudó. Una llamada telefónica de su padre, que debía ser otra buena pieza de hombre, lo puso en un instante rumbo al otro lado del Océano y adiós muy buenas. Me prometió volver a por mí, si, y poner media América a mis pies, pero eso ya nunca sucedió. Lo cual para mí fue un alivio, la verdad. Sin embargo, no entreví en aquella historia los rasgos de mi futuro próximo, que sería una mezcla idéntica de excitación maravillosa y experiencias infernales. En lugar de eso, aquella historia me reafirmó en mi deseo de ser puta, porque pensé: "Mira qué mal me salen las relaciones con los hombres. Para vivir eso, mejor controlo yo el proceso, y encima me llevo una pasta" No se me ocurrió pensar que la culpa de haber vivido un proceso de acoso y agresión había sido mía por liarme con un transeúnte empalagoso, ya que aquello, en el fondo, me había gustado Así que distorsioné la realidad y me quedé con la versión de ésta que más me gustaba, eso era todo. Tardaría años en darme cuenta de que, si yo no cambiaba, tampoco lo harían mis relaciones con el sexo opuesto.

Pero en fin, cambiemos de tercio. Otro tipo de gestación muy diferente fue la que me condujo a dejar la vida urbanita y volverme una especie de neo rural con deseos de simplificar mi vida, etcétera. Tal como en cualquier desarrollo fetal, a medida que yo fui avanzando en esa dirección, viví cambios internos y externos en mi vida, y al mismo tiempo esos cambios retroalimentaron el proceso de cambio. Fui conociendo, poco a poco, a personas que iban igualmente en esa dirección, o que ya estaban relacionadas con el mundo de esas ideas y modos de vivir. También mis sueños me traían, cada vez más, ecos de la naturaleza, hasta que llegó un punto que todo lo que yo sentía y quería por dentro era ir al "mundo natural" Era como esos bebés que mencioné antes, que antes de nacer ya están deseando hacerlo, impacientes por vivir el parto y llegar, por fin, a los brazos de su madre. En este caso, mi madre reconocida era la naturaleza, y yo, que había vivido momentos fugaces de estar en ella sintiéndome súper feliz, no deseaba otra cosa que vivir permanentemente en su regazo. Ya no me bastaba con algunos fines de semana o unas vacaciones: lo quería todo. Quería nacer, ni más ni menos, y lo quería porque mi ser ya se había transformado tanto, a copia de años y de pequeños e imperceptibles cambios, que seguir donde estaba se me antojaba asfixiante.

Ese es otro fenómeno curioso, y es la pequeña angustia que uno puede vivir antes de nacer. Has crecido o cambiado demasiado, y ya no soportas cosas que antes tolerabas sin problemas. El espacio del vientre materno se te antoja estrecho, agobiante. Tu cuerpo es grande, te pide moverse, y tus sentidos oyen y perciben demasiadas cosas como para no querer desarrollar tu curiosidad yendo tras ellas. De hecho, si se retrasara un nacimiento, podría morir el bebé, porque lo que es bueno en un momento dado ya no lo es en otro. La vida cambia constantemente, y nuestras necesidades, si cambiamos con la vida, también. Así que yo viví esa etapa de angustia previa al parto. Me debatía en la ciudad, donde permanecía aunque ya hacía meses que había dejado la prostitución, y ya no sabía qué más hacer para cambiar mi situación. Al final, me resigné, no sin cierto ánimo deprimido, sintiéndome impotente para forzar las cosas más allá de un punto. Ya no tenía más ideas, ni sabía cómo irme de la ciudad, porque no tenía suficiente dinero (ni nómina, ni nada) como para salir, empezar a buscar casas en los pueblos, y alquilar una.

Pero entonces sucedió. En ese dejarme llevar, en esa resignación, tal vez estaba el quid del asunto, aunque yo no lo sabía. Es posible que fuera la misma resignación y entrega del bebé que se deja empujar por las primeras contracciones, y sólo después se da cuenta de que lo que tanto esperaba por fin ha comenzado. Y eso fue lo que me sucedió. De repente se precipitaron los acontecimientos. Un amigo lejano, de esos amigos "diferentes" que había conocido en el proceso de mi cambio o gestación de mi nuevo modo de ser, se trasladaba a un pequeño pueblo, y me ofrecía a mí y a otras personas la opción de compartir gastos de vivienda, ya que tampoco a él le sobraba el dinero. Además, en aquel momento de su vida le apetecía vivir acompañado, y debido a que ya habíamos viajado juntos en el pasado, en excursiones de fin de semana, teníamos suficiente amistad y complicidad como para no esperar sorpresas desagradables el uno del otro en una convivencia. No me lo pensé dos veces, y asi fue como en el espacio de una semana, hice un par de maletas, me despedí de mis sorprendidos padres, de las pocas amigas que me quedaban y de la ciudad, y emigré, o fui parida a mi nueva vida.

Para el viejo mundo que yo abandonaba, para mis viejas etapas y relaciones no solo como puta, sino incluso otras anteriores, aquello se parecía a un suicidio. Yo renunciaba al dinero seguro y rápido, a las comodidades, al bullicio de la ciudad y a todas sus ofertas de ocio, trabajo, etcétera, y me iba nada menos que a perder en un pueblo de 300 habitantes, que ya es decir. Pero para mí, ese suicidio social suponía un nacimiento glorioso, porque iba a vivir todos los días de mi vida "sobre" el regazo de mi mamá: la tierra, la naturaleza. La casa donde recalé estaba junto a un camino solitario de tierra, que bordeaba alegres campos y bosquecillos, y encontré, allí, muchos rincones solitarios en los que perderme, acurrucarme, sentarme o tumbarme sobre la tierra y simplemente estar, sentir...Allí seguí mi proceso terapéutico por mi cuenta y riesgo, practicando todo lo que mi terapeuta (que había dado por finalizada nuestra relación profesional) me había enseñado.

Pero también allí empecé a vivir otra gestación, dirigida a un nuevo cambio o transformación de mi ser. Durante aquellos dos años, no paré de hacer introspección y de sanar mil heridas y sensaciones internas desarmonizadas. Mi salud mejoró tanto, que incluso dejé de padecer los típicos refriados estacionales. Cualquier sensación de malestar que yo notara, era inmediatamente enfocada por mi consciencia, en estado introspectivo, y disuelta a base de hacerme consciente de las cuestiones que encontraba en mi interior. Era como una ermitaña, sólo que felizmente acompañada en el hogar por un amigo y una amiga cuyo apoyo, en aquellos años, resultó fundamental para mí. Pero, como decía, aquello no era el final de mi proceso, sino solo una etapa inicial del mismo. Allí me empecé a gestar como "actuadora" Todo aquello me preparó para afrontar una nueva vida en la que por primera vez en mi vida, atrabajaría en algo "normal" y me sumergiría en la acción propia de la supervivencia. Los dos años de aquel pueblecito inicial fueron como la vida del bebé que no se despega de mamá, llora a la mínima, y necesita estar todo el tiempo con ella, o se muere. Pero si el bebé crece, va dirigido a nuevos cambios, y un día mamá será dejada un poco de lado, lo quiera o no. Porque es lo natural. Es más: es lo que desea la buena mamá, la futura independencia de su criatura.

Así fue como, sin entender yo cómo ni por qué, empecé a percibir los ecos de otra clase de vida, impulsos de emigración hacia otro lugar "mejor", y me adentré en una nueva búsqueda por el mundo rural. Esta vez yo buscaría el lugar más adecuado para mí, e incluiría, entre los criterior prioritarios, las posibilidades de encontrar un trabajo cerca, porque allí, en aquel pueblecito, no había manera de salir de la miseria. La bebé ya no era tan bebé y quería corretear un poco más lejos, incluso vivir otras relaciones aparte de su madre. La vida ermitaña ya no me valía tanto, progresivamente necesitaba algo más en mi menú diario. Eran los deseos surgidos de mi propio desarrollo: cuando has crecido lo suficiente, tú solo cambias y haces lo que necesitas, siempre que nada te lo impida de manera artificial. Y eso hice: encontré otro lugar, emigré a otro pueblo, y viví otro nuevo nacimiento. Aunque, una vez más, para una parte del mundo y de las relaciones que dejaba atrás al emigrar en esta ocasión, aquello fue un suicidio. Yo iba hacie el Norte, a zonas consideradas más atrasadas y claramente más duras e incómodas, y para más inri me alejaba mucho de mis relaciones conocidas. Pero lo hice, y para mí resultó un nacimiento muy intenso. Hubo mucha dificultad inicial, sí, y debí de berrear y agitarme como esos bebés que cuando nacen parecen pequeños energúmenos furiosos. Pero aquello implicaba mucha vitalidad, y el nuevo cambio me aportó lo que necesitaba: trabajo y un círculo de relaciones y vida social que necesitaba como el aire. Mi mamá seguía estando allí, bajo mis pies, todos los días de mi vida, pero yo, en una actitud típica de los niños crecidos, ya la daba por sentada y casi nunca me sentaba para "sentirla" No lo necesitaba. Necesitaba más todo lo otro, la actividad, la novedad, la vida social. Allí se terminó mi eremitismo, ja, ja. Eso sí: volví a padecer resfriados, pero...bueno, era un precio pequeño para estar integrada en una vida activa satisfactoria.

Y pasó el tiempo, y empezó otra gestación...y etcétera. Al final, creo que la vida humana es una sucesión de tránsitos, muertes que pueden ser nacimientos, y que el quid del asunto es aprender lo que cada estado trae consigo, para vivir los procesos con cierta consciencia, pues eso te resta mucha angustia y preocupación. Si sabes que vas a ser parido, no pensarás que estás a punto de morir de asfixia, y ese miedo que te ahorras. También es interesante volverse consciente de que a veces, los cambios o gestaciones que uno vive no son compartidos ni queridos por otras personas de nuestro círculo, y pueden verlos como un suicidio, como si te hubieras vuelto loco y tomaras decisiones incomprensibles o desastrosas. Pero uno debe seguir su impulso interno, su pálpito instintivo, porque sólo uno mismo es el que está metido en su vida, en su vientre, con todo eso del "mundo futuro" llegándole a los sentidos, y generando el anhelo de alcanzarlo ya, de tenerlo ya, de nacer de una puta vez.

Ahora estoy en un impasse de éstos. Gracias a las experiencias anteriores de estos años pasados y, si no me equivoco, dentro de un tiempo voy a ser "parida" en otra vida, en otro mundo, en otro espacio vital. Se mueven las cosas en ese entorno, parece que atisbo un nuevo lugar, me llegan sus ecos. Auguro un tránsito difícil, pero tal vez sea lo que tiene que ser, y realmente es lo que deseo, porque siento que ya no soporto muy bien seguir donde estoy. Estoy resignada desde hace un tiempo, y eso tal vez haya sido el síntoma pre-nacimiento, pequeña depresión inclusive. Pero ahora me da la sensación de que "hay contracciones" y que, en lugar de languidecer y morir asfixiada en este lugar donde vivo ahora (que es lo que temía hasta hace un par de semanas), se abrirá un canal de parto inesperado para mí. Voy a ser parida...y debo confiar, pero también estar alerta. La vorágine de un parto es tremenda, siempre, y aúna excitación y miedo. Existe cierto riesgo en el parir o ser parido, nada se puede dar por sentado hasta el final, ni nada está garantizado nunca. El arte de transitar por un canal de parto consiste en mezclar la entrega con el empuje vital, la decisión y determinación con la aceptación. No es sencillo, pero es lo mejor que se puede hacer. O eso, o sufrir un aborto o muerte en medio del parto, lo cual sí es algo horrible y doloroso. Y no quiero. Yo quiero nacer.

Si mis previsiones son ciertas, pues, en un tiempo pasaré página una vez más...y estas letras serán parte de mi legado para el viejo mundo que abandonaré, mi herencia para los compañeros de camino que, a distancia, me leen. Porque cada tránsito me ha conducido hacia etapas vitales distintas, y en algunas de ellas es muy difícil dedicarle tantas horas a la escritura. En fin, veremos lo que sucede.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Las botas de las hadas y el sexo salvaje.


Soñar puede ser despertar, sí. Salí corriendo de la ciudad, porque había una crisis catastrófica, una amenaza de hecatombe o de algo muy gordo. Un grupo de personas aterradas huía conmigo, con lo puesto, con el único medio de nuestros pies y poco más. Atravesamos las zonas industriales y nos adentramos en las montañas. Empezamos a caminar por un sendero de tierra y yo avanzaba con mucha dificultad porque claro, había salido corriendo del trabajo y todavía llevaba en los pies mis zapatos de tacón de aguja. Pero antes muerta que perdiendo la compostura, ésa era yo, así que caminaba sin quejarme y logrando, aún, no haber dado ni un traspié, lo cual era casi milagroso. Pero mi habilidad amenazaba con quebrarse, porque aquel camino de tierra, más que senda, parecía un barranco por el que despeñarse, y yo empezaba a estar muy cansada.

En aquel momento, a unos pocos metros de distancia por delante nuestro, un grupito de niñas de unos siete años cruzaron el camino. Fue tan extraño verlas que parpadeé, sin acabar de registrar la aparición. Todas iban vestidas igual, además: llevaban un vestido de rayitas y fruncidos en el pecho que era igualito a uno que yo tuve cuando tenía un poco menos de su edad. Qué cosas. Pero lo más raro era que casi todas pasaron olímpicamente de nosotros, como si les importáramos un comino, o como si la aparición de un grupo de adultos sudorosos y trajeados en aquel barranco fuera de lo más habitual. Claro que, puestos a señalar extrañezas, más raro era la presencia de aquellas niñas. Además, espera. ¿De dónde habían salido? ¿Dije que habían cruzado el camino? Entonces, habían salido de un lado del barranco, donde no había sendero ni apoyadero alguno y, lo que era más extraño aún, habían...hum, desaparecido en el otro lado del barranco, como si tras cruzar el camino se hubieran metido en las rocas sin más, o trepado por vete a saber dónde.

Me quedé congelada, intentando procesar la visión de aquella hilera de niñas tan bien vestiditas y tan ausentes, tan a lo suyo. Bueno, todas menos una. De repente, tal y como yo me habñia detenido, otra de ellas lo hizo y se me quedó mirando. Soltó una risita burlona, y me dijo: "Si fueras tan lista, no huirías de la ciudad con esos zapatos de tacón" A lo que yo, sin pensarlo siquiera, le respondí automáticamente: "Y si tú fueras un hada, me estarías ayudando, en lugar de burlarte de mí"

¡Palabras mágicas! Cuestionar a los sueños puede producir efectos increíbles. De inmediato todo cambió y me encontré descendiendo por una cueva de tierra, excavada en las raíces de un árbol. Iba mirando a mi alrededor y estaba maravillada: las paredes de la gruta estaban llenas de raíces, pero había en ellas destellos tornasolados. Descendía por aquel lugar acompañada por un grupo de...ya no niñas, sino ancianas arrugadísimas, cuya edad yo sentía que era milenaria, con un cuerpo similar al de aquellas raíces y aquella tierra tan vieja y tan profunda por la que caminábamos. Me llevaban a su mundo, a su casa, y yo estaba impresionada, asombrada. Llegó un momento en que mi memoria ya no pudo retener lo que veía. No sé cómo era el lugar al que llegamos al final, ni lo que sucedió ahí, porque no he podido recordarlo jamás, seguramente porque era demasiado diferente a lo que conozco y mi pobre cerebro no pudo siquiera registrarlo. Sólo recuerdo la sensación de "estar" ahí y era deliciosa, extática. Un silencio, una quietud perfecta, una intimidad, algo...algo así como estar en el núcleo de algo pequeño, muy pequeño, pero sagrado, luminoso, blanco.

Y entonces, sí, el recuerdo de estar viendo las manos de una de aquellas ancianas-niñas, y de sus dedos brotaban capullos de rosas blancas. Yo miraba aquellos dedos de rosa y lloraba, conmovida por la belleza y por algo indescriptible. Luego, otro recuerdo: en una de las palmas de mis manos abierta, había un librito pequeño y cerrado, de color blanco. En su portada brotaban diminutas flores diferentes, todas de color blanco. Eran flores vivas, pero formaban parte del libro, como si éste fuera algo igualmente vivo, o como si surgiera de las mismas flores. Y era un regalo para mí. Las hadas me lo daban. Lloré de nuevo, conmovida por aquella otra belleza y, de nuevo, por algo que no sabía describir, relacionado con las cosas que florecen.

Lo siguiente que recuerdo de aquel sueño es que me ví otra vez en el mundo exterior. Estaba en el mismo barranco del principio, sólo que ahora ya no me acompañaba el grupo de urbanitas y yo llevaba en los pies...unas fantásticas botas de cuero blando, de suela gruesa, perfectas`para caminar. ¡Otro regalo de las hadas! Y me puse a reir. No cabía duda de ue además de sentido del humor, eran muy prácticas. Unas buenas botas era lo que yo necesitaba, ni más ni menos. Y aquí me desperté. Estaba tan impactada por la intensidad del sueño, y me parecía tan vívido, que casi esperé encontrar las botas de cuero a los pies de mi cama. Pero no. El mundo, mi mundo, seguía como hasta entonces, y aquel día sería una jornada más de trabajo, como tantas otras. Calzaría mis tacones, me encerraría entre las cuatro paredes de la casa de putas donde curraba, y amén. Y así fue, sólo que unos cuantos años después mis zapatos de tacón han desaparecido, engullidos por los camiones de basura, tras arrojarlos a un contáiner, y yo me he vuelto adicta a las botas...cómodas. No llevo otra cosa, salvo en verano, que paso directamente a las deportivas o las sandalias.

Botas versus tacones. Es el tema del millón, aunque no lo parezca. Todo lo que simboliza el calzado apto para pisar la tierra con seguridad no tiene nada que ver con lo que simboliza un tacón, que está diseñado para que la mujer sea deseada por un tipo de hombre en particular. Los tacones alzan el trasero y obligan al cuerpo femenino a contonearse. Las mujeres, con ellos, hiperactúan sus rasgos femeninos. Son como hembras de una manada que exageran sus rasgos sexuales, como si tuvieran miedo de pasar desapercibidas. Qué estupidez, sin embargo, porque ¿alguien ha visto una manada animal donde sean las hembras las que muevan el culo frente a los machos? ¿De veras alguien cree que un macho-macho va a olvidarse de las hembras, o no va a verlas salvo que se emperifollen y sobreactúen? Ja, ja, ja. Pobres humanos, qué patéticos nos hemos vuelto. Estamos tan desnaturalizados que actuamos justo de manera contraria a la que dicta el instinto animal. Porque en lo animal, quien se tiene que currar el follar es el macho (¡faltaría más!) y de ahí que los individuos masculinos se adornen y suelan ser el doble de vistosos que las hembras, desarrollando incluso danzas específicas para llamar su atención, o peleándose con otros individuos para demostrar quién los tiene más grandes, los cuernos o los huevos. Y la finalidad de esas peleas nunca es la muerte del otro, sino sólo que quede claro quién tiene más energía, ni más ni menos. Así que las hembras no se desgastan haciendo paripés, porque total, para qué tanta dilapidación de energía, si mientras estén mínimamente sanas y en edad de desprender hormonas sexuales, más bien tendrán que esquivar a los machos y quitárselos de encima cuando no les interese follar. Solo a una tarada o a una dormida, insegura e inconsciente, se le ocurriría hipermaquillarse o mover el culo frente a los tipos, son ganas de quedarse con el más inútil, o de ser violada por el más bestia.

Es muy gracioso esto y, para mi, diáfano, pero no lo supe ver hasta que no me uní a la sabiduría de mis "raíces", algo que tal vez se inició con aquel sueño de descenso a lo más hondo, acompañada de ancianas de miles de años. Porque quién sabe si aquello a lo que algunos llamaron hadas, no serán más que las imágenes de nuestras antepasadas primordiales, las primeras abuelas de linajes o tribus inmemoriales. O de nuestra parte infantil más pura y sabia, y por eso yo ví a las "niñas" ataviadas con un vestido igual a uno de mis favoritos de cuando era pequeña. Quién sabe, sí. El ser humano tiende a crear personajes míticos de muchas cosas que no son tan ajenas a sí mismo. Pero, en todo caso, fue "sentir" a mis antepasadas más antiguas en mi ser lo que me hizo ver que toooda mi vida cambiaría si dejaba de querer atraer a los hombres con artificios y sobre actuaciones. "Porque eso, hija mía, es ir en contra del instinto natural de hembra. Y si quieres vivir sexo salvaje, es decir, indomesticado, debes reconcilarte con lo animal en tí. Y lo animal en tí detesta maquillajes, poses raras y ese estrés por atraer miradas. Lo animal en tí, querida, está muy seguro de su poder de atracción. Le basta con estar sana, limpia, disponible y dejarse encontrar, merodear, etc. Deja que sea el macho el que gire a tu alrededor, que sea él quien te muestre lo que tiene para ofrecerte, y al elegir no te equivocarás, porque habrás visto si tiene o no tiene lo que hay que tener."

Claro que a ver a quién le cuentas eso, sin que te mire como a una tarada, o incluso tomándote por una retrógrada religiosa de esas que impiden a la mujer ir con minifaldas o con los labios pintados. Y yo no voy contra esas cosas, pero vamos, que ya no me interesan lo más mínimo, me recuerdan a mis épocas tristes de insatisfacción e inconsciencia. En todo caso, yo me he callado hasta ahora mi opinión de lo que es toda esta sexualidad mal llamada salvaje, que consiste en que las mujeres se gastan un pastón en maquillajes y ropas hipersexuales, tacones, etc, y los hombres van como cosacos brutos, hasta fingiendo estar desaseados, porque así parecen más machos. Me he vuelto como esas abuelas milenarias, y me daría la risa todo esto, si no fuera porque genera tanto sufrimiento...

Un día me fui de la ciudad y me compré unas botas flexibles, lo más parecidas a las del sueño. Han pasado 8 años y aún las conservo, porque quise que fueran de buena marca ("San" Camper, que sigas así por muchos años) y la inversión resultó redonda. Y cuando adopté las botas frente a los tacones, realmente todo cambió en mi vida. Por ejemplo, en retrospectiva veo con claridad lo que sucedió en mis relaciones con el sexo opuesto. Llevaba años, desde mi adolescencia, angustiándome por ser guapa y deseable y teniendo un fracaso amoroso tras otro. Ya no creía en el amor de pareja. Pensaba que sería para otras tal vez, no para mí. Me faltaban dedos en las manos para contar dolorosos desengaños y me imaginaba como una adulta solitaria forever. Pero no. Mira por dónde, empecé a actuar a imagen y semejanza de mis ancestras primeras, y de repente salió un hombre como de la nada, un auténtico hombre-macho al modo natural y salvaje, quiero decir. Alguien a quien le gustaba cuidarse, preocupado por su aspecto, y a quien le gustaba "danzar" , moverse ante mí. Alguien que, de manera indirecta pero muy clara, se encargó de demostrarme, mes tras mes, todo el empeño (el deseo) que tenía por quedarse a mi lado, por unirse a mí, por follarme en definitiva, pero con una intensidad eterna, porque se imaginaba haciéndose viejo a mi lado. "Se nos caerá todo, estaremos blandos y arrugados, pero seguro que todavía nos metemos mano y nos reímos juntos, ja, ja" Hay animales que son fieles de por vida, monógamos. Como el lobo, que es, precisamente, el animal que primero entró en mis sueños. Sexualidad de lobo, pues. No está mal, ¿no? ¿Qué se puede imaginar más salvaje que eso? ¿Quién quiere la sexualidad civilizada, domesticada? ¡Qué bien hice tirando a la basura mis tacones, mi maquillaje, mis tonterías de hembra perdida y confinada en un zoo, que te vuelves loca al final y ya no sabes ni disfrutar del sexo!

Antes sólo atraía a falsos hombres, hombres perdidos y enfermizos en su masculinidad, incapaces de saber siquiera con seguridad lo que querían, hombres que huían ante la perspectiva de un sexo pleno y con efectos duraderos en el tiempo, y ya no digamos ante el emparejamiento a largo plazo. Hombres narcisistas y con miedo, y nada hay más anti erótico que el miedo. El único modo de atraer al hombre capaz de querete a tí misma como lo que eres, es siendo lo que eres sin fingir nada, ni actuar de ninguna manera. Ser a lo crudo atrae a quien es a lo crudo. La hembra que no se ofrece barato, la que no lo pone fácil, por esa se parten los cuernos los mejores, no hay tu tía. Cuando, años después de haber arrojado al vertedero mis aterezos de puta esclava y seductora, parí en casa acompañada únicamente de mi macho, un tipo que no se caga en los pantalones por ver sangre, ni por asistir al jadeo animal de su hembra, todas las mujeres de mi entorno sintieron una secreta envidia: "¿Cómo habrá conseguido esa lagarta a esta joya de hombre, que no es machista, ni miedoso, pero tampoco un blando, ni un afeminado, y encima sabe cuidar, masajear, curar...? ¡Pero si ni siquiera es guapa, la tía! ¿Qué le habrá visto?" Pues mira, animal con animal se casan. Las bodas, las verdaderas, no empiezan por la cabeza ni por el corazón, sino por el sexo. Lo que pasa es que, si todo es como debe ser, del sexo se expande la afinidad hacia el resto del ser. El final de una boda verdadera es como una coronación celestial, gloriosa. Pero sin raíces no hay coronas que valgan, sólo patéticos disfraces de lo real.

Así que me eché al monte y el resto fue historia. Y esta es otra explicación acerca de qué riqueza adquirí volviéndome silvestre y dejando la prostitución, y porqué, a pesar de ser pobre "todavía" en muchos aspectos, y a pesar de pasar por bajones emocionales ante mis dificultades, me resisto a abandonar mi salvajismo. Me he vuelto demasiado como mis primeras antepasadas. Demasiado indígena, demasiado tribal, demasiado instintiva. Sólo que, como los pueblos originarios, yo también me pregunto cómo sobrevivir en un mundo donde lo salvaje está cada vez más cercado y explotado, sin vender mi alma a cambio, otra vez. Porque lo hice hace años de manera ignorante e inconsciente, pero ahora, sabiendo todo lo que sé, prostituirme de cualquiera de las maneras que la Matrix ofrece, para mí sería la muerte. La muerte de mi alma, una suma traición a mis principios. Algo, a todas luces, insoportable. Los lobos, sin embargo, se han vuelto expertos en sobrevivir en las zonas marginales, en las fronteras del mundo civilizado. Saben ir y venir desde lo salvaje a lo humanizado, aunque tal vez por eso tengan tan mala prensa: porque los humanos saben que el lobo les conoce y es consciente de sus debilidades. Y por eso, al lobo hay que matarlo. Es más respetado un animal que vive escondido en el monte, que uno que conoce los caminos que unen lo salvaje con lo urbanizado. Pero así somos los que hemos salido de determinadas esclavitudes...sabios que conocen dos mundos, y se vuelven expertos en los caminos que los unen. Ojalá la sabiduría del lobo me ayude a sobrevivir, porque en las grandes crisis, sabe más el instinto que lo racional, que se queda bloqueado a la mínima que sus rutinas se rompen y se le derrumban las expectativas, los esquemas mentales, todo. Y en esas estamos, en el umbral de una gran crisis. San Lobo, guíame, amén.



jueves, 29 de noviembre de 2012

Cuando soñar es despertar

                                       


http://sigur-ros.co.uk/valtari/videos/varud-floki/


En este vídeo se resumen los sueños que me sacaron de la vida prostituta, pero también podría decir que estas imágenes son la quintaesencia del sueño de mi vida, que es, a su vez, un despertar a mi verdadera realidad. Porque hay sueños que te dispersan y confunden, pero otros que hacen que te encuentres con tu verdadera naturaleza y, en lugar de des-pistarte, te ponen en la pista de un camino en verdad interesante: el del ser profundo.

Yo era como esa chica que vive en un mundo devastado, artificial y deteriorado, pero que se adapta al mismo y juega en él, se distrae, se evade. Construye cosas con los pedazos de ese mundo seco y desvitalizado, hace arte con ello, vive a pesar de lo duro del escenario en el que le ha tocado vivir. (Prostitución, sí: se prostituye todo en este mundo, no solo el sexo, vivimos en un escenario de cosas mal usadas, de apariencias casi absurdas) Hasta que un día, en esas evasiones y juegos, conecta con otro mundo: la naturaleza salvaje. Entonces, fascinada y absorbida por la nueva visión que le otorga su sueño, se adentra en él y encuentra a su alter ego. Es esa mujer que vive fundida en la naturaleza y la conoce, y que la lleva hasta las aguas limpias y renovadoras de una cascada. Libertad, paz, y un estar sola que ya no es la soledad de antes, porque se ha producido el encuentro fundamental: con una misma.

¿Era natural el mundo devastado y apocalíptico en el que vivía antes? Sí, pero se trataba de una naturaleza manipulada, distorsionada, prisionera. Todo es natural en última instancia, pero determinadas combinaciones de lo natural apagan y asfixian la vida, mientras que otras la empujan a la exhuberancia y el florecimiento. Y esa es la diferencia que importa, a fin de cuentas. Porque puedes evadirte como quieras para no sentir lo que te hace la Matrix, pero mientras tu cuerpo viva prisionero de estructuras y engranajes manipulativos, no florecerá. Ni siquiera sabrá lo que es mirar, ver, respirar de verdad.

Pero yo, ja, ja, no soy como Neo. No puedo atacar a la Matrix. Sólo siento compasión por su sustancia, y por la defensa desesperada que hacen, de ella, sus prisioneros. ¿Y cómo no van a defender las estructuras de las que no pueden escapar? Verlas como lo que son puede deprimirte, y eso es temible. Porque dan ganas de morirse, salvo que...Salvo que uno sueñe con la otra vida que aún es posible vivir, el bosque en el que aún podemos caminar, el agua limpia y salvaje que todavía nos queda, la mente, en definitiva, que todavía no está programada, ni domesticada. Porque la naturaleza salvaje no sólo está fuera, sino también dentro de nosotros. Y busca constantemente, como todo lo natural y libre, crecer, reproducirse, hacer selva donde antes había un erial. Tu naturaleza salvaje te posee en un rincón oculto del ser, sólo hace falta que la dejes asomar como un brote entre los escombros, y en unos años invadirá la ruina de tu vida, llevándote hacia la exhuberancia interior. La vida se resiste a desaparecer. Incluso cuando muere, rebrota de ella algo nuevo. Se adapta, se retuerce, busca caminos insospechados para perdurar. Tu vida interior es igual: super-viviente, feroz luchadora de su eternidad, con un deseo incansable de reproducirse, de retransmitirse a otros, de dejar alguna clase de herencia en los demás, aunque sólo sea una herencia "de la mente", la riqueza del ser que uno logró compartir con otros seres humanos antes de extinguirse y morir. Eso es la vida, y todos estamos vivos, por lo tanto el germen lo tenemos oculto. Falta que le dejemos abrirse paso por entre las estructuras de lo artificioso, lo asfixiante, los cascotes y restos de una vida agotada, manoseada, sumisa, y ya sin sabor.

Dejé la prostitución siguiendo los ecos de mi verdadero ser natural, quien, en sueños, vivía fundida en la naturaleza, como la chica del vídeo. Nunca he salido de pobre, pero la selva ha ido creciendo en mi interior. Soy rica en naturaleza. He crecido, me he expandido, he vivido cierto esplendor, he experimentado lo que es el amor, el sexo sin miedo, y hasta he dado fruto en éste y en otros campos de mi vida. Ahora bien ¿qué sucede? Que en el campo de la Matrix, esto no es reconocido ni significa algo de valor, porque la Matrix se sustenta de lo contrario, y por lo tanto es a éso a lo que premia (paga) No sé si dejaré de ser nunca pobre, no lo sé. A veces piendo que tal vez mi exhuberancia interna interese a la Matrix, a un pequeño porcentaje de ella, al menos, y que al valorarlo, se traduzca en dinero, y mi destino material cambie en ese sentido. Pero otras veces pienso que es un contrasentido esperar algo así. Ser fiel a determinadas ideas o posturas, no puede ser recompensado por las estructuras dominantes, porque no creen (ni valoran) la vida salvaje. Lo quieren todo domesticado. Tal vez dentro de no mucho, incluso los espacios naturales libres que queden estarán vallados y controlados como jaulas del zoo, y hasta los árboles tendrán sensores y microchips. Todo controlado...todo medido...todo por nuestra seguridad, claro. ¿Cómo va a pagar la matrix el valor de los actos de la naturaleza salvaje que late en el interior de la gente? No, no se premia esto: se observa, vigila, estudia y mide esto, como a algo sospechoso de atentar contra la seguridad. Es sospechoso irse a vivir al monte, es sospechoso parir en casa y en libertad, es sospechoso no llevar a los niños a la escuela y educarlos fuera de esas estructuras, es sospechoso...

Sólo existe una esperanza para los rebeldes que salen de la estructura mental dominante y apuestan por otros valores, y es ser apoyados por otros con ideas similares. O...encontrar las brechas imperceptibles por las cuales se rompen los muros que dividen ambos mundos, los puntos de conexión entre ambas realidades, y entonces utilizar esos puentes, esas circunstancias inusuales que se traducen en oportunidades fugaces pero vitales, capaces de redirigir todo un destino y convertir en éxito lo que, hasta entonces, sólo parecía augurar otro fracaso.

Soy una buscadora de esos puntos de unión entre realidades, una transitadora de puentes, una encontradora de casualidades y oportunidades. Pero vivir así a veces se hace cansado, y entonces vuelvo de nuevo a preguntarme: ¿No hay otro modo de vivir la naturaleza salvaje sin pagar un precio de pobreza material por ello? ¿O es que aún no me he desprogramado lo suficiente, y aún pienso, en estos términos, de un modo incorrecto y estéril? ¿Y si hay otra manera de pensar lo monetario, de pensar la prosperidad, más allá de la supervivencia? Ha de haberlo, ha de haberlo. No puede ser que la exhuberancia interna no se traduzca en riqueza externa. ¿O han secuestrado a la selva tan completamente, que los que la dejamos poserrnos internamente reflejamos en nuestras existencias particulares lo que sucede, hoy, en lugares como la Amazonia...?

Son tantas reguntas sin respuesta...Pero no puedo elegir otra cosa salvo ser quien soy. Me fui al bosque, a reunirme con mi ser profundo, y aunque mil emisarios de la Matrix armados con motosierras lo destrocen, exprimiéndolo hasta la última astilla de leña o la última gota de petróleo, seguiré fiel a mi frondosidad, a mi verdadera naturaleza. Al menos habré brillado. Al menos no moriré lamentando no haber llegado a ninguna plenitud, no haber florecido, no haber intentando algo tan simple como ser como en mi mejor sueño, ser yo despierta, ser.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Prohibir o fomentar la prostitución.


Me estoy quedando a gusto con todo lo que he escrito en esta tanda de entradas. Creo que ahora queda aún más claro que en "las Ocultas" que mi visión de la prostitución aúna lo encantador y gratificante con lo horrible y siniestro, y por lo tanto me siento más justa. Sé que existe un sector social que preferiría que sólo hablara de lo infernal, así como existe otro sector al que le gustaría más que no mezclara los términos "demonios" y "prostitución" en un mismo párrafo. Pero qué quieres, así ha sido mi experiencia. Mi trayectoria en el puterío empezó con dudas, pero enseguida me aficioné. Pasé por algunos altibajos, pero llegué a algo así como una cúspide, un estado donde no le encontraba otra pega a la prostitución salvo tener que mentir tanto (lo cual me parecía un rollo) Pero después hubo un punto de inflexión y, aunque temporalmente pasé por pequeños nuevos ascensos en esa curva de ecuación matemática que dibuja mi grado de satisfacciónen el oficio, la cosa cayó en picado sin remedio, hasta ser experimentada como un infierno puro y duro, sin ningún aliciente ya. Ni siquiera el dinero me consolaba mucho en los tiempos finales, porque ya no me apetecía tanto gastarlo. Me volví ermitaña, mi sed por consumir había disiminuído y, en definitiva, estaba dispuesta a ver una brusca disminución de mis ingresos, por primera vez en muchos años, si a cambio de eso dejaba definitivamente la prostitución. Como no tenía éxito en otras alternativas, los últimos meses en los que trabajé lo hice desde una resignación silenciosa, casi como si estuviera condenada a ello y sólo me quedara aceptarlo y sobrellevarlo del mejor modo posible, aunque me sentía morir.

La coexistencia de lo gratificante y lo infernal en un bloque de diez años de puterío hace que, en ocasiones, añore los rasgos agradables de aquella ocupación, pero en otras me alegre infinitamnte de haberlo dejado atrás. Desde fuera, puede parecer contradictorio, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que muchas experiencias vitales son igual de grises, o mezclas de colores en las cuales, a posteriori, es muy difícil extraer un componente negativo sin cargarte también lo positivo, y viceversa. Así que cuando me piden que me posicione, a favor o en contra de la prostitución, no puedo hacerlo.

No puedo ir a favor, porque mi trayectoria terminó tan mal, que resultó siendo algo traumático, y no quiero contribuir a que ninguna otra mujer pase por lo mismo que yo, si puedo evitarlo. Claro que no todas tienen por qué repetir mi experiencia, y puede que en otros casos la curva de la ecuación descrita sea cada vez más ascendente, no lo sé. Pero...yo solo puedo hablar de lo que ví, de mi experiencia, y de las amigas que tuve en el ambiente, es decir, de las chicas de cuya trayectoria pude ser testigo con más o menos continuidad a lo largo de los años. Y en esas trayectorias la curva descendía en pico, eso es todo. No lo digo por ir en contra de la prostitución, ni por prejuicios morales. Entré en la prostitución desde una posición cínica, descreída y casi atea, y cuando la dejé tampoco lo hice porque adoptara una especie de "moral", sino porque mi propio cuerpo empezó a manifestar sufrimiento donde antes parecía soportarlo todo. Supongo que porque, en el fondo, mi mente también sufría. Sufría por la mentira, sufría por el asco reprimido, y sufría por el miedo que, en ocasiones, pasaba dentro de la habitación.

Si, miedo, y he hablado poco de ello. Rara vez sucedía, pero sucedía, sobretodo cuando no conocía al cliente y éste empezaba a ponerse raro o violento. Claro que en ese caso podías dejarlo plantado, pero no es tan fácil decirlo como hacerlo. Una vez, un cliente casi me violó. Logré zafarme de sus brazos y salí corriendo de la habitación. Llegué a la sala de espera donde estaban las demás chicas, me temblaban las piernas y me dio un ataque de llanto nervioso. Cuando les conté lo sucedido, la jefa fue corriendo a la habitación para echar al cliente, pero él, que era perfectamente consciente de lo que acababa de hacer, ya se había marchado. Había abierto la puerta en un momento de confusión y había salido del piso sin ser siquiera notado, ¡así de fácil! La seguridad en aquellas casas que yo conocí era casi nula. Nos teníamos las unas a las otras, de acuerdo, y nos bastaba con gritar, pero estábamos seguras básicamente porque no había más locos sueltos. Nada le impedía a un tipo hacer una desgracia allí dentro. Eramos como esa gente de los pueblos que vive con la puerta de las casas abiertas, porque no esperan, ni imaginan, que un día alguien entre a robar, hasta que les sucede. Hoy, tal y como está el mundo, no trabajaría en una casa de putas sin seguridad. Me he vuelto muy miedosa a medida que he ido siendo consciente de muchas cosas.

En fin. A pesar de todo esto tampoco puedo posicionarme en contra. ¿Cómo hacerlo, sin atentar contra la libertad individual? Yo era libre de prostituirme (era ese querer relativo del que he hablado en otras ocasiones), y no hacía daño a nadie con ello, salvo a mí misma. No se puede prohibir algo así, del mismo modo que no puedes prohibir a la gente que se drogue, que fume o que beba. Puedes, en todo caso, regular la venta de estas cosas y luchar contra determinadas prácticas que sí son dañinas para los demás, como vender alcohol a menores, determinadas drogas claramente destructivas o adulteradas y cosas así. Pero las "leyes secas" solo han servido para beneficiar más aún las mafias, para generar ansiedad en los individuos a los que le gusta beber, y para aumentar el crimen en general. Es mejor controlar la venta de alcohol y hacerla lo más segura posible para todos que intentar eliminarla. Para mí, la prostitución es algo similar al vaso de vino que se toma la gente para "animarse" Algunos convierten ese hábito en un alcoholismo degradante y mortal, otros beben toda su vida sin perder ni la salud ni la dignidad por ello. En cuanto al ejercicio de la prostitución por parte de las chicas, siempre que sea voluntario, lo veo desde este mismo prisma: para algunas mujeres es más adictivo que para otras. Le veo un riesgo real de adicción pero no creo que se pueda prohibir, porque entonces deberíamos prohibir mil cosas más que, en nuestra sociedad, son igual de adictivas, como...qué se yo, el deporte de riesgo y aventura.

Recomiendo la lectura de un libro genial, profundo y al mismo tiempo didáctico. Se titula "Las Montañas de la Mente", de Robert Macfarlane. Lo leí este verano y caí fascinada ante las letras de este ex-alpinista que desmenuza con historicidad y finura psicológica la pasión escaladora que la humanidad ha experimentado en estos últimos dos siglos. Porque antes, eso era impensable, una cosa de locos, algo mal visto incluso, pues el concepto de que las montañas son algo bello es también moderno (antiguamente, lo bonito se consideraba que era el paisaje humanizado). El libro me resultó interesantísimo, porque extrapolé cuestiones que él plantea a otras de la vida en general. Es muy fuerte enterarse de que, en pleno verano, en los Alpes Suizos, acostumbra a morir un montañero por día, sin que eso menoscabe la buena prensa de escalar, y sin que se deje de fomentar el turismo de aventura por tal razón, todo porque en nuestros valores morales actuales el alpinismo se asocia con lo noble y heroico (valores morales que ni son ni han sido universales, puesto que en otras sociedades esto no ha sido así). La realidad es que actualmente el alpinismo se ha convertido en un espectáculo y en una afición por la cual muchas personas más o menos adineradas están dispuestas a pagar muchísimo, todo con tal de salir de la rutina de sus aburridas vidas, y que muchos alpinistas suben montañas únicamente por complacerse (¿Y, por otra parte, por qué otra razón deberían hacerlo?) Sin embargo, cada rescate en alta montaña, con la parafernalia de helicópteros, etc, sale muy cara, y el turismo masivo tampoco está exento de consecuencias ambientales negativas para todos (véanse las toneladas de basura diseminadas por el Everest, sin ir más lejos). Pero nadie osa criticar estos rasgos feos del deporte de riesgo y aventura, porque es algo idealizado, mitificado, y se le perdonan los defectos. En cambio, una mujer que se prostituye voluntariamente, escalando "montañas de humanidad" para sobrevivir o pagar sus estudios, o la manutención de sus hijos, sí es criticada, y se remarcan los defectos de sus actos sin piedad, todo porque la moralidad actual no asocia este "alpinismo" de alcoba con nada heroico, al contrario.

Pero lo que más me gustó de "Las Montañas de la Mente" fue que Macfarlane también describe y reflexiona acerca de la adicción, en este caso a la montaña, esa ansia que posee a muchas personas y las hace subir más y más, arriesgando realmente sus vidas, sin importarles si dejan viudas o huérfanos atrás, si arriesgan la vida de terceros, o si destrozan un ecosistema. ¡Todo por experimentar "sensaciones intensas"...(y a veces, claro está, por ganar dinero con ello)! El autor se termina preguntando si ése no es un modo egoista de disfrutar, si realmente merece la pena jugarse el tipo de manera tan brutal, y confiesa que él "lo ha ido dejando". Pero en sus memorias describe la misma mezcla de éxtasis y de infierno que yo he experimentado con la prostitución, y de manera inevitable se percibe en ellos cierta nostalgia por las "locas" experiencias de su juventud. Es decir, su trayectoria aúna un altísimo grado de bienestar físico...y de sufrimiento aniquilante, y eso me recuerda a mis memorias. Aunque claro, salvando las distancias y bajo formas diferentes, puesto que yo no he perdido dedos por congelación, ni la vista, ni he expulsado al toser en una cumbre partes de mi laringe congeladas, cosa que algunos alpinistas si han sufrido. Son daños colaterales posibles y relativamente comunes en el alpinismo, pero parece que a la gente le resulta normal y hasta glorioso que estas cosas sucedan. Total, se arriesgan porque uieren, es asunto suyo, y mira lo que logran, ¿no? Pobres putas, los riesgos que corren por ganar un dinero que no han conseguido de otra manera n una sociedad tan abusiva e injusta, son juzgados de muy diferente manera. Mundo contradictorio.

Opino que la adicción no se puede prohibir, lo mismo que tampoco se pueden intentar eliminar muchas de las formas en las que un grupo social busca aliviar su tedio, su sufrimiento incluso, o su insatisfacción. Siempre y cuando no dañes a terceros, no se puede prohibir, por más que uno no comparta esa manera de actuar o esos criterios morales. Y decir que por el hecho de que una puta voluntaria trabaje, perjudica a las esclavas, porque fomenta el negocio sexual, es como decir que el hecho de que una cosedora española trabaje para x empresa, va a fomentar la esclavitud en los talleres clandestinos de tal país, donde las cosedoras son casi niñas, las tienen encadenadas y ni cobran. No, señores: lo que hay que hacer es perseguir a las mafias, y acabar con la esclavitud y los abusos. Lo demás, lo que queda únicamente en la conciencia de una mujer y un hombre que hacen un acuerdo en privado, no se puede prohibir sin que esta sociedad empiece a parecerse a la de "Un Mundo Feliz" de Huxley, y a tantas otras sociedades dictatoriales que se disfrazan de benefactoras, pero donde se recortan más y más las libertades individuales. Todo "por el bien de la gente", ¡eso si! Al final te meterían en una cárcel por tu bien, tanto te quiere el estado, o por el bien ajeno, por si das mal ejemplo moral. O te podrían hasta detener antes de que cometieras un crimen, como en "Minority Report", porque si uno se pone a restringir libertades y a juzgar conciencias, el límite es cada vez más fino. No me jodas.

Por otra parte, yo, que no estoy en contra de la prostitución, tampoco la aplaudo, y no voy a intentar fomentarla lo más mínimo, porque se me sobrecoge algo en las entrañas al pensar en las nuevas chicas que puedan estar pensando si empiezan, o no. Me comparo con ellas, me recuerdo y me digo: ¡Ojalá alguien me hubiera ofrecido una buena alternativa a eso! Me hubiera ahorrado mucho sufrimiento. Tal vez no hubiera conocido las "montañas" de la prostitución, y no sabría nada de esos éxtasis, pero ¿y qué? No los necesitaba. Hubiera podido aficionarme a muchas otras cosas. He sido adicta a actividades mucho menos conflictivas, cosas que no tenían estigma y no necesitaba esconder, como ir a caminar durante días, viajar, leer, dibujar...Fui adicta incluso a aspectos del estudio de la naturaleza y llegué a coleccionar toda clase de cosas cuando era niña (piedras, plantas, insectos, conchas marinas...) Son adicciones, tienen un riesgo, pero es mínimo y no te marginan. Hoy escribo, también soy adicta a ello y vivo mis éxtasis, pero muy pocos infiernos me ha reportado hacerlo (alguno sí, ¿eh?, que por escribir según qué también te pueden atacar) En todo caso, de momento son mínimos comparados con el riesgo de prostituirse. Además, me pasa como a Robert Macfarlane: con la edad, me he vuelto miedosa. Así que efectivamente, si a mis 20 años hubiera podido acceder a un trabajo que pudiera compatibilizar con mis estudios, y que me permitiera, también, independizarme, tal vez nunca hubiera cruzado esa frontera y mi vida sería muy distinta. Eso sí, a ver dónde hay trabajos bien pagados para estudiantes de 20 años. La cosa está muy mal, porque se considera que si estudias, debes vivir con tus padres, y ni siquiera te lo ponen fácil con los horarios laborales. Así que no se trata sólo del sueldo, sino de poder hacer las tres cosas a la vez: estudiar y trabajar e independizarse.

Pero no me iré más por las ramas. En definitiva, mi opinión sobre la prostitución, esa cosa que ha sido una mezcla tan extraña para mí, es que no se debe ni fomentar, ni prohibir. Hay que decir la verdad sobre lo que esta experiencia supone para las mujeres que la integran, es decir: hay que escucharlas a ellas. Y en esa escucha, no se puede censurar nada: ni lo desagradable, por si deja en mal lugar al puterío, ni lo agradable, por si no suena suficientemente malo lo de putearse y nos entran hasta dudas de estar criticándolo. Pero también hay que darse cuenta de que fomentar la prostitución va mucho más allá de hacer campaña del tipo "trabaja de puta y verás qué guay" Basta con fomentar otras cosas, otros valores, como la idea de que cuanto más sexo tengas con más gente distinta, más ideal serás (y gilipollas el que sólo está con dos o tres); que si quieres relaciones con compromiso eres una estrecha o un anticuado; o que el cuerpo funciona siempre al margen del cerebro, con lo cual puedes hacerle pasar por toda clase de experiencias desagradables (por ejemplo follando a hombrers igualmente desagradables) sin que tu mente se vea afectada por ello. Porque esta última idea no es cierta, y es una de las que sustentan la buena fachada que, en algunos sectores, tiene la prostitución. La medicina y la ciencia acerca de la mente, el cerebro y las emociones, saben cada vez con más exactitud que mente y cuerpo van de la mano, y que una emoción "difícil" que surge en un momento dado tiene un paralelismo innegable en el cerebro fisico, algo que es incluso medible y observable en un laboratorio. Algo que deja una huella, además.

Y, dado que en la prostitución no solo se movilizan emociones, sino también hormonas, porque los actos sexuales provocan inevitablemente cambios de este tipo, con razón de más se debe advertir que prostituirse es una actividad que puede afectar muy duramente tanto al cuerpo como a la mente. Vamos, que una cosa es relacionarse con el público, y otra diferente follárselo, y no se trata aquí de hablar de moralidad, pecados y gilipolleces, sino de hechos biológicos puros y duros. Follar es follar, y moviliza fluídos, hormonas y emociones muy intensas. Punto. Puedes desconectar más o menos de tu cuerpo, pero incluso eso puede tener un precio en términos de sensibilidad. En todo caso, no se puede comparar el puterío con hacer masajes. No, lo siento, no es lo mismo tocar una espalda un rato que meterse pollas en el coño, fingiendo orgasmos y etcétera. El cuerpo de la puta no es de piedra, y reacciona de un modo u otro al sexo (si es agradable, genial, pero ¿y si no lo es...?), y esta reacción es mucho más fuerte que lo que pueda implicarte tocar a otro ser humano sin metértelo justo en la zona más delicada de tu anatomía. Claro que cuando llevas tropecientos hombres follados, tu coño se vuelve más bruto, y te lo puedes tomar hasta como una aséptica gimnasia de alcoba, movimientos sin emociones, gestos de aerobic estético, uno, dos. Pero mira lo que me sucedió a mí, que al final mi cuerpo se agotó y sentí que no podía más. Era como esos alpinistas que empiezan a sufrir congelación, o que incluso rayan en cierta demencia por la habitual falta de oxígeno, y un poco más y pierdo la salud física y mental, porque estaba tan sometida al estrés, que ya no soportaba ni un roce más, ni ponerle buena cara a un cliente más, por maravilloso que fuera.

En definitiva, que cada cual haga con su vida privada lo que crea más conveniente, siempre que no dañe a la sociedad con ello. Ahora bien, uno debe perseguir sus sueños. Y en mis sueños, lo ideal es que la prostitución deje de existir, pero no porque sea "mala" de por sí, sino porque es un remiendo surgido de un desequilibrio social de base. Si la sexualidad estuviera vista de otra manera...Y si, sobretodo, ninguna mujer tuviera que hacer de tripas corazón de esta manera para poder sobrevivir...En una sociedad más compasiva, más justa, y más libre, no surgiría la prostitución. La antropología lo ha demostrado: no todas las sociedades tribales han tenido putas. Algunas si, otras no, con lo cual no es algo universal e inevitable. Pero claro, obviamente, las sociedades sin putas han sido muy distintas a la nuestra. Algunas (muchas) han sido promiscuas, pero otras (como algunas de los indios de Norteamérica) no, de lo cual se deduce que el quid no consiste en la cantidad de parejas sexuales que uno puede conseguir, sino en la cantidad de APOYO que reciben las mujeres en esa sociedad. Porque lo que tenían en común las promiscuas con las no promiscuas era lo impensable de dejar que ni uno solo de sus miembros pasara necesidad si los demás tenían comida o recursos. Y ya no digamos si esa persona era una mujer. Y si encima estaba criando niños, ¡con razón de más! En una tribu saludable, las madres han sido las más mimadas por excelencia, no como en nuestra sociedad, donde se viven unos valores inversos y se dan situaciones de desamparo espeluznantes. En definitiva, en una tribu saludable no se tolera que un miembro pase necesidad, porque las cosas se comparten si es preciso. Pero claro, perdimos la organización tribal y el resto... es historia.  Los antropólogos han atestiguado muchas veces que la prostitución sólo empieza en muchas tribus tras haber entrado en contacto con el hombre "civilizado" y haber visto completamente alterado su ecosistema, su modo de vida, etc.

En fin, que si cambiaran nuestros esquemas mentales y sociales de raíz, tal vez no haría falta pagar para tener experiencias sexuales "distintas" o "diversas" (dependería del grado de prmiscuidad tolerado o incentivado por la sociedad) pero lo que desde luego JAMAS sucedería es que una mujer tuviera que dejar que la follara toda la tribu a cambio de "ganarse" el sustento. Suena utópico tanto cambio, lo sé, pero es lo que pasa con soñar, ¡y además es gratis!